Archivo de la etiqueta: traumas de infancia

Silencio. Sueño.

Estándar

Hace muchos años, tantos que no puedo recordar ni título ni autor (¿puede ser John William Polidori? Puede), leí en una antología de literatura gótica una historia, casi una anecdota en el transcurso del relato, que todavía me sigue aterrando. Hablaba el cuento, además de vampiros, aparecidos y demás condimentos del terror romántico, de una pareja de bandidos griegos que, tras tantos años juntos en unas montañas remotas, habían dejado de hablarse, pues ninguna novedad había en sus vidas, y ya se habían dicho todo.

Siempre me ha aterrado esa idea de que la monotonía pueda, en algún momento liquidar la conversación misma. Y siempre me he preguntado, muchas veces al ver esos matrimonios ancianos que llevan tanto tiempo conviviendo, si habrá algún caso de extremo aislamiento que pueda acercarse a la historia de los bandidos silentes.

Y hete aquí esta tarde, en el blog del Smithsonian leo sobre la historia de los Lykov, una familia de viejos creyentes que habían vivido aislados en lo más profundo de la taiga durante 40 años, sin ningún contacto con otros seres humanos. Lo más fascinante de la historia es que, tal y como apuntó el periodista Vasily Peskov, su principal entrentenimiento era “contarse sus sueños”.

Respiro aliviado, pienso que incluso en la inmensa monotonía de los bosques helados, entre personas  que han huido de la sociedad hasta el punto de reducir su mundo a su pequeño clan, es posible no condenarse al silencio absoluto.

Pero a la vez me pregunto, ¿qué sueña alguien que no conoce más allá de sus bosques y las cuatro caras familiares? ¿Sueña con lo conocido, con la Biblia y el látigo paternos, las patatas del almuerzo y la primera nevada? ¿Sueña acaso con el calor, los horizontes ilimitados, las ciudades, con otros rostros con otra vida? Aunque en el opresivo ambiente de los Lykov esto último fuera visto como una subversión peligrosa.

Estas preguntas quedarán sin respuesta. El choque de la civilaización con los Lykov tuvo sus consecuencias. Los geólogos que encontraron a la familia contagiaron con enfermedades comunes a los hijos más jovenes, que a pesar de su adaptación al medio, acabaron por sucumbir. Hoy en día sólo queda una de las hijas, Agafia. A pesar de haber conocido la civilización, y de ser una celebridad local, ha decidido quedarse en la precaria cabaña de su padre. Quizás porque esa porción de taiga y sus sueños sean el único lugar donde realmente puede ser.