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Tres memorias vienesas (II)

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Zweig no vivió para atestiguar la derrota del nazismo y el descubrimiento de la extensión de sus crímenes. Soma Morgenstern sí, y el descubrimiento le provocó un profundo trauma (íncluso físico: padeció de afasia). Perteneciente a la misma generación de cosmopolitas judíos centroeuropeos, su obra permanecía olvidada hasta hace 20 años, incluso en el entorno germánico. Hoy podemos leer en castellano su trilogía Destellos en el abismo (y por mi parte, puedo añadir que la primera parte, El hijo del hijo pródigo, es extraordinaria) y buena parte de su producción memorialística. Porque al igual que Zweig, Morgenstern quiso dar testimonio de la cultura centroeuropea de entreguerras, pero en este caso centrándose en las personas (o como él mismo apuntó, “lo que, desde hace años, escribo debía llevar el título de `Una vida con amigos´”). A falta de leer Alban Berg y sus ídolos, me centraré en Huida y fin de Joseph Roth.
Debo confesar que tengo un especial cariño por Roth, a pesar de que en ocasiones tengo la impresión de que se tiró buena parte de su vida reescribiendo la misma novela. Morgenstern y Roth fueron amigos desde la adolescencia, y el segundo apoyó la carrera literario del primero. De hecho los diálogos sobre el proceso de escribir son de lo más jugoso del libro:
De vez en cuando Roth me preguntaba por la noche: -“¿Cuántas páginas has escrito hoy?” Al decirle que escribir la novela me resultaba más fácil que escribir artículos para el periódico, dijo: -“A mi me pasa igual. Es decir, me pasaba hasta cierto punto”. En relación a lo mismo, me dijo una noche: -“Te voy a hacer una pregunta personal. Piénsala bien. Tú puedes hacérmela a mí. ¿Puedes decir cuándo se te deshizo el nudo?” -“¿Qué quieres decir con eso?” , le pregunté. -“Te diré primero cuándo se me deshizo a mí. Entonces verás lo que quiero decir. Durante muchos años, después de cada artículo que escribía, tenía el terrible sentimiento de que era el último, ¿cómo podría escribir el siguiente? Así fue hasta leí a Proust. Con Marcel Proust se me deshizo el nudo Desde entonces sé cómo tengo que escribir. Aunque no imito a Proust en absoluto, como seguramente sabes. ¿Cuándo se te deshizo el nudo?” -“Ahora ya comprendo la pregunta. Espero que no te asombres si te digo cómo y cuándo se me deshizo el nudo a mí. Así como a ti te ayudo Proust, a mí, de manera chocante, no me ayudó ningún escritor, sino un compositor. Y, lo que es aún más chocante, un compositor ruso llamado Modest Mussorgski. Escuché un fragmento suyo en un concierto por primera vez y salí con la persuasión de que ya sabía cómo debía escribir. ¿Lo comprendes?” -“Sí, aunque no entiendo nada de música. Pero, ¿se lo has dicho a un compositor? ¿Y lo ha entendido?” -“Es la primera vez que se lo digo a un escritor. Pero, como sabes, tengo un amigo, Alban Berg. A él le mostré, como a ti, las primeras cien páginas de mi novela para que las leyera, unos meses después de que tú l0 hicieras (…). Alban me llamó, y me dijo, entre otras cosas: `Desde luego, escribes como compone Mussorgski´ Eso me alegró tanto como me chocó. Y esa es la razón por la que he confiado en decírtelo y contar con tu comprensión”.
El retrato de Roth no es, a pesar de la amistad, clemente. Aparece como un personaje brillante, pero también cínico, plagiario, sablista profesional, conspirador monárquico en ratos libres, y por encima de todo, alcohólico. Al igual que Andreas Kartak, el protagonista de La leyenda del santo bebedor, Roth se fue bebiendo la vida por los cafés parisinos; no fue un proceso deliberado, no hay aquí ese empeño autodestructivo bohemio, ni, como a veces se da a entender, un modo de sobrellevar la difícil situación política. Morgenstern anota varias veces como Roth, fallecido a los 44 años, parecía un hombre de 60. Existe una fotografía particularmente estremecedora, que muestra a Zweig y Roth en Ostende en 1936. Zweig es el de la izquierda, y tenía 13  años más que Roth.
Hay un juicio severo de Morgenstern sobre el vicio de su amigo. Pero no es un juicio moralista, sino el resultado de la impotencia al ser testigo del declive y no poder hacer nada. Roth murió entre delirios, solo, en un hospital de París, y su final, paradojicamente, está muy alejado del de Kartak; no fue hermoso ni liviano.

Punto de Honor

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En sus extraordinarias memorias, Huida y fin de Joseph Roth, Soma Morgenstern transcribe un diálogo sostenido por Stefan Zweig, Roth y el propio Morgenstern a proposito del caso Dreyfus:

Cuando [Zweig] mencionó los célebres nombres que se destacaraon a favor o en contra, y entre ellos, el caso de Marcel Proust, quien entabló un duelo por Dreyfus, cosa que ambos ignorábamos, Roth cayó en un arrobo mezcla de entusiasmo y hastío: “¡Marcel Proust, el medio judío, entabla un duelo por Dreyfus, en París! ¡Magnífico! ¡Carlitos Kraus, el judío checo, dispara contra él, en Viena, con chistecitos antisemitas! ¡Repulsivo!

La sola imagen de Marcel Proust empuñando un arma resulta extraña (casi tanto como la descripción que Zweig hará de Rilke de uniforme durante los primeros días de la Gran Guerra). Lo cierto es que la memoria de Zweig falló en esta ocasión, ya que, aunque Proust se significó a favor de Dreyfus, y se batió en duelo, las circunstancias fueron bastante distinta.

Proust se batió para desmentir una insinuaciones sobre la relación que mantenía con Alphonse de Daudet, escritas al final de una reseña bastante venenosa de Los placeres y los días. Lo llamativo es que el autor de las insinuaciones no era otro que el escritor decadentista Jean Lorrain, notorio homosexual, célebre por su lengia viperina, y cuya descripción, trazada por Claudio Iglesias en su Antología del Decadentismo (Caja Negra, Buenos Aires, 2007), no tiene desperdicio:

Su homosexualidad era declarada, casi militante; Lorrain era afecto al maquillaje, las joyas y los perfumes, tanto como a pintarse las nalgas, en todo lo cual desentona con quien sería su principal rival en el podio del homoerotismo finisecular, Marcel Proust, famoso por su prudencia, su secreteo y su invariable necesidad de ocultamiento (Lorrain llegó a batirse con su archienemigo pero, a pesar de su destreza con el sable, no logró matarlo).

En realidad, para la época del duelo, 1897, la condición física de Lorrain, agravada por su adicción al eter, le obligó a aceptar un duelo a pistola, que acabó con ambos contendientes disparando al suelo. Pocos años antes Lorrain estuvo a punto de batirse con su paisano y conocido de la infancia, Guy de Maupassant, pero renunció a sabiendas de que su puntería era peor que la de el autor de El Horla (si alguién tiene interés, aquí hay un relato bastante completo de la disputa).

Resulta llamativo comprobar como hace poco más de cien años, unos adultos en plena posesión de sus facultades mentales, y además con un gran dominio de la palabra, necesitaban resolver sus diferencias a tiros. Recordemos que hace cien años era habitual que los periódicos españoles tuvieran dos directores: el real y un testaferro destinado a asumir las posibles demandas legales, y, sobre todo, los duelos provocados por artículos publicados. Así comenzó la carrera del demagogo cleptócrata Alejandro Lerroux. Otros como Pedro Antonio de Alarcón, preferían acudir personalmente a la cita, y al parecer la experiencia fue suficiente para forzar su conversión al catolicismo. Blasco Ibáñez, por su parte, sobrevivió a un duelo al rebotar la bala en la hebilla del cinturón, aunque eso supuso el fin de su carrera política. El mayor aficionado a los duelos entre los escritores españoles fue Ramón María del Valle Inclán, que incluso llegó a perder un brazo no en un duelo, sino, en lo que es mucho mejor, en una disputa de café a proposito de un duelo (y añado, que la fatal herida fue un rasguño producido por un gemelo, que, mal curado, acabó por gangrenarse).

Aunque no es en Francia ni en España donde se da el mayor número de duelos entre escritores, sino en tierras más frías. Tiene Rusia el dudoso honor de ver como los padres de su literatura moderna acabaron cayendo de forma ridícula, de sendos disparos, y con pocos años de diferencia. Y lo que es más llamativo, ambos escribieron sobre el tema.

Bien conocido es el caso de Pushkin, poeta nacional ruso, conspirador aficionado (estuvo implicado en el complot de los Decembristas, aunque fue excluido a última horas por su reputación de bocazas). Su alter ego literario, Eugenio Oneguin, sobrevive a un duelo. La escena es recogida en la ópera homónima de Chaikovski:

Menos conocido es un cuento delicioso, El disparo, que relata la historia de un duelo aplazado en el tiempo por un peculiar incidente:

Amanecía… Yo estaba en el lugar acordado, acompañado por mis tres padrinos… Con una impaciencia inexplicable aguardaba a mi adversario. Despuntó el sol primaveral, y el calor empezó a hacerse sentir… Lo vi cuando aún estaba lejos… a pie, llevando el uniforme sostenido con el sable, y acompañado por un padrino. Se acercó. En la mano llevaba su gorra llena de cerezas. Los padrinos midieron los doce pasos. A mí me tocó disparar primero. Sin embargo, la agitación que me causaba la ira me hizo desconfiar de la firmeza de mi pulso, y le cedí el derecho del primer disparo, ansioso por ganar tiempo para serenarme. Mi contrincante rehusó el ofrecimiento. Se propuso echar suertes, y ganó él, eterno favorito de la Fortuna. Apuntó y con su bala atravesó mi gorra. Era mi turno… Su vida, por fin, estaba en mis manos. Lo miré con ansia devoradora, tratando de discernir en su rostro una señal de inquietud. Él permanecía inmóvil frente al cañón de mi pistola, tomando de la gorra las cerezas maduras, que comía escupiendo los carozos que casi me alcanzaban. Su indiferencia me enardeció.

”’¿Qué voy a lograr’ -pensé- ‘quitándole la vida, si no siente el más leve temor por ella?’

”Fue entonces cuando una idea diabólica cruzó por mi mente. Bajé la pistola.

”-Según parece -le dije- usted no está ahora para pensar en la muerte. Como se propone almorzar, no quiero molestarlo.

”-No me molesta usted en lo más mínimo -replicó-. Hágame el favor de disparar, o haga lo que le parezca. Le queda reservado el derecho a este disparo, y en cuanto a mí, estaré siempre a su disposición.

”Me volví hacia mis padrinos, les manifesté que por el momento no estaba dispuesto a tirar, y así acabó el duelo…

(Pequeña disgresión: el tema del duelo prolongado en el tiempo parece una peculiaridad eslava. Ahí tenemos Los duelistas de Conrad, cuyos protagonistas emplean décadas en batirse por un asunto menor. Sé de un librero y editor que menciona que la colaboración entre Conrad y Ford Madox Ford acabó literalmente a tiros, y sin desenlace trágico gracias a la pésima puntería de aquel, pero no he encontrado ninguna fuente que corrobore esta historia.)

Duelo entre Pechorin y Grushinski. Ilustración de Mijail Vrubel, 1891

Lo mismo sucede con Mijail Lermontov, fallecido cuatro años después de Pushkin. En su obra cumbre, Un héroe de nuestro tiempo, Pechorin (trasunto del propio Lermontov y pariente espiritual de Oneguin) se bate en duelo al borde de un barranco en el Caúcaso, para camuflar la causa de la muerte como un accidente. Resulta siniestro comprobar como eligió para su duelo fatal un escenario similar al de la novela. La simetría acaba ahí: el asunto no fue de faldas, sino una puya demasiado bien dirigida.

Afortunadamente fueron los únicos en caer. Tolstoi y Turgueniev se retaron a un duelo, pero fueron dejando pasar la ocasión hasta que finalmente hicieron las paces. Los apuros económicos del primero ayudaron bastante…

Si alguien tiene curiosidad por profundizar en el tema, el Museo Arqueológico le dedicó un dossier bastante jugoso.