Tres memorias vienesas (I)

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Recordar es preservar lo que se ama. Cuando además esos recuerdos se fijan, sea por escrito o en algun otro soporte, se comparten, de modo que se consigue para ellos una porción de eternidad.
En realidad son muchos los libros de memorias, pero pocos los que se ajustan a la definición anterior. La mayoría no dejan de ser ejercicios de narcisismo (que en el fondo no es más que preservar algo que se ama MUCHO), así que preferiría centrarme en las excepciones. En tres en concreto, que además proceden de un mismo entorno geográfico, y uno bastante querido por mi parte.

En ocasiones lo amado no tiene porque ser algo material. Pensaba en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer, responsables en gran medida de mis filias austríacas. Es difíl que Zweig caiga mal: pacifista, humanista, cosmopolita, sufrió mucho en los últimos años de su vida, cuando Europa caía en manos de la alegre muchachada de camisa parda (o azul mahón en España). El acto de escribir memorias es, por tanto, un modo de dar testimonio de una cultura europea internacionalista que el autor creía herida de muerte.

Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que en 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. (…) No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich.

El relato de los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial es notable. Zwedig describe como se hallaba en un balneario en Bélgica, trabajando en un libro con Emile Verhaeren. El balneario estaba ocupado en su totalidad por veraneantes alemanes, que acogieron la noticia del atentado de Sarajevo con preocupación, pero que poco a poco miraban los periódicos con un cierto aire de hastío. A fin de cuentas, ese era el mundo de la seguridad, de la Gran Ilusión (aquel libro que aseguraba que una guerra entre las potencias europeas era imposible, que destruiría la economía), en el que ya estaban acostumbrados a los problemas en los Balcanes. Y mientras el vendedor de periódicos se alejaba con su pregón de ultimatums y movilizaciones, los veraneantes volvían a sus asuntos. Ese mundo se derrumbo para Zweig en el momento en el que comprobó, nada más cruzar la frontera, que Alemania se disponía a invadir la neutral Bélgica. A partir de ahí, no tanto los horrores de la guerra mecanizada, sino los de la estupidez de la retaguardia, ejemplificada en el ascenso y caída de su amigo Ernst Lissauer.
Pero Zweig no idealiza ese mundo de ante-guerra. Uno de los capítulos más interesantes es el dedicado a los usos sexuales de la Viena de los Habsburgo:
Quizás en ninguna otra esfera de la vida pública se produjo un cambio tan radical en el lapso de una sola generación como en el de las relaciones entre los dos sexos, y eso por una serie de factores: la emancipación de la mujer, el psicoanálisis freudiano, la educación física, la emancipación de los jóvenes. Si tratamos de formular la diferencia entre la moral burguesa del siglo XIX, que era esencialmente victoriana, y las ideas hoy vigentes, de más libertad y menos prejuicios, quizá la mejor forma de abordar la cuestión sería diciendo que aquella época rehuía medrosamente el problema de la sexualidad por un sentimiento de inseguridad interior. Épocas anteriores, de lo más religiosas todavía, sobre todo las rigurosamente puritanas, lo tenían más fácil. Imbuidas de la idea de que el apetito sexual era el aguijón del diablo y que el placer corporal era lujuria y pecado, las autoridades de la EdadMedia habían atacado el problema de frente y habían impuesto su estricta moral con severas prohibiciones y (sobre todo en la Ginebra calvinista) unos castigos atroces. Nuestro siglo, en cambio, época tolerante que, desde tiempos atrás, ya no creía en el demonio y apenas en Dios,no hizo suficiente acopio de valor como para lanzar un anatema tan radical, pero consideraba la sexualidad como un elemento anárquico y, por lo tanto, molesto, que no se ajustaba a su ética y no era un tema apto para sacarlo a la luz del día, porque cualquier forma de amor libre o extramatrimonial iba en contra de la «decencia» burguesa. Ante tamaño dilema, la época ideó un original compromiso. Limitó su moral a no prohibir a los jóvenes practicar su vita sexualis, pero exigió que despacharan ese desagradable asunto con discreción. Si no se podía eliminar la sexualidad, como mínimo debían procurar que no fuera visible dentro de su mundo moral. Y así, se acordó tácitamente no hablar de esas cosas tan enojosas ni en la escuela ni en casa ni en público, y suprimir todo lo que pudiera recordar su existencia.
El tono del libro se va oscureciendo a medida que se acerca a su final. A fin de cuentas, ya dije, este el testamento de su autor: Zweig se suicidó  en 1942, aterrado ante la posibilidad de que las ideologías de masas triunfaran definitivamente. Cuando leí el libro por primera vez hace diez años, pensé que Zweig estaría orgulloso del proyecto europeo, que habíamos conseguido retornar a esa sociedad sin fronteras. Hoy, en este ambiente de sálvese quién pueda generalizado, considero que es una lectura más que necesaria.

Punto de Honor

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En sus extraordinarias memorias, Huida y fin de Joseph Roth, Soma Morgenstern transcribe un diálogo sostenido por Stefan Zweig, Roth y el propio Morgenstern a proposito del caso Dreyfus:

Cuando [Zweig] mencionó los célebres nombres que se destacaraon a favor o en contra, y entre ellos, el caso de Marcel Proust, quien entabló un duelo por Dreyfus, cosa que ambos ignorábamos, Roth cayó en un arrobo mezcla de entusiasmo y hastío: “¡Marcel Proust, el medio judío, entabla un duelo por Dreyfus, en París! ¡Magnífico! ¡Carlitos Kraus, el judío checo, dispara contra él, en Viena, con chistecitos antisemitas! ¡Repulsivo!

La sola imagen de Marcel Proust empuñando un arma resulta extraña (casi tanto como la descripción que Zweig hará de Rilke de uniforme durante los primeros días de la Gran Guerra). Lo cierto es que la memoria de Zweig falló en esta ocasión, ya que, aunque Proust se significó a favor de Dreyfus, y se batió en duelo, las circunstancias fueron bastante distinta.

Proust se batió para desmentir una insinuaciones sobre la relación que mantenía con Alphonse de Daudet, escritas al final de una reseña bastante venenosa de Los placeres y los días. Lo llamativo es que el autor de las insinuaciones no era otro que el escritor decadentista Jean Lorrain, notorio homosexual, célebre por su lengia viperina, y cuya descripción, trazada por Claudio Iglesias en su Antología del Decadentismo (Caja Negra, Buenos Aires, 2007), no tiene desperdicio:

Su homosexualidad era declarada, casi militante; Lorrain era afecto al maquillaje, las joyas y los perfumes, tanto como a pintarse las nalgas, en todo lo cual desentona con quien sería su principal rival en el podio del homoerotismo finisecular, Marcel Proust, famoso por su prudencia, su secreteo y su invariable necesidad de ocultamiento (Lorrain llegó a batirse con su archienemigo pero, a pesar de su destreza con el sable, no logró matarlo).

En realidad, para la época del duelo, 1897, la condición física de Lorrain, agravada por su adicción al eter, le obligó a aceptar un duelo a pistola, que acabó con ambos contendientes disparando al suelo. Pocos años antes Lorrain estuvo a punto de batirse con su paisano y conocido de la infancia, Guy de Maupassant, pero renunció a sabiendas de que su puntería era peor que la de el autor de El Horla (si alguién tiene interés, aquí hay un relato bastante completo de la disputa).

Resulta llamativo comprobar como hace poco más de cien años, unos adultos en plena posesión de sus facultades mentales, y además con un gran dominio de la palabra, necesitaban resolver sus diferencias a tiros. Recordemos que hace cien años era habitual que los periódicos españoles tuvieran dos directores: el real y un testaferro destinado a asumir las posibles demandas legales, y, sobre todo, los duelos provocados por artículos publicados. Así comenzó la carrera del demagogo cleptócrata Alejandro Lerroux. Otros como Pedro Antonio de Alarcón, preferían acudir personalmente a la cita, y al parecer la experiencia fue suficiente para forzar su conversión al catolicismo. Blasco Ibáñez, por su parte, sobrevivió a un duelo al rebotar la bala en la hebilla del cinturón, aunque eso supuso el fin de su carrera política. El mayor aficionado a los duelos entre los escritores españoles fue Ramón María del Valle Inclán, que incluso llegó a perder un brazo no en un duelo, sino, en lo que es mucho mejor, en una disputa de café a proposito de un duelo (y añado, que la fatal herida fue un rasguño producido por un gemelo, que, mal curado, acabó por gangrenarse).

Aunque no es en Francia ni en España donde se da el mayor número de duelos entre escritores, sino en tierras más frías. Tiene Rusia el dudoso honor de ver como los padres de su literatura moderna acabaron cayendo de forma ridícula, de sendos disparos, y con pocos años de diferencia. Y lo que es más llamativo, ambos escribieron sobre el tema.

Bien conocido es el caso de Pushkin, poeta nacional ruso, conspirador aficionado (estuvo implicado en el complot de los Decembristas, aunque fue excluido a última horas por su reputación de bocazas). Su alter ego literario, Eugenio Oneguin, sobrevive a un duelo. La escena es recogida en la ópera homónima de Chaikovski:

Menos conocido es un cuento delicioso, El disparo, que relata la historia de un duelo aplazado en el tiempo por un peculiar incidente:

Amanecía… Yo estaba en el lugar acordado, acompañado por mis tres padrinos… Con una impaciencia inexplicable aguardaba a mi adversario. Despuntó el sol primaveral, y el calor empezó a hacerse sentir… Lo vi cuando aún estaba lejos… a pie, llevando el uniforme sostenido con el sable, y acompañado por un padrino. Se acercó. En la mano llevaba su gorra llena de cerezas. Los padrinos midieron los doce pasos. A mí me tocó disparar primero. Sin embargo, la agitación que me causaba la ira me hizo desconfiar de la firmeza de mi pulso, y le cedí el derecho del primer disparo, ansioso por ganar tiempo para serenarme. Mi contrincante rehusó el ofrecimiento. Se propuso echar suertes, y ganó él, eterno favorito de la Fortuna. Apuntó y con su bala atravesó mi gorra. Era mi turno… Su vida, por fin, estaba en mis manos. Lo miré con ansia devoradora, tratando de discernir en su rostro una señal de inquietud. Él permanecía inmóvil frente al cañón de mi pistola, tomando de la gorra las cerezas maduras, que comía escupiendo los carozos que casi me alcanzaban. Su indiferencia me enardeció.

”’¿Qué voy a lograr’ -pensé- ‘quitándole la vida, si no siente el más leve temor por ella?’

”Fue entonces cuando una idea diabólica cruzó por mi mente. Bajé la pistola.

”-Según parece -le dije- usted no está ahora para pensar en la muerte. Como se propone almorzar, no quiero molestarlo.

”-No me molesta usted en lo más mínimo -replicó-. Hágame el favor de disparar, o haga lo que le parezca. Le queda reservado el derecho a este disparo, y en cuanto a mí, estaré siempre a su disposición.

”Me volví hacia mis padrinos, les manifesté que por el momento no estaba dispuesto a tirar, y así acabó el duelo…

(Pequeña disgresión: el tema del duelo prolongado en el tiempo parece una peculiaridad eslava. Ahí tenemos Los duelistas de Conrad, cuyos protagonistas emplean décadas en batirse por un asunto menor. Sé de un librero y editor que menciona que la colaboración entre Conrad y Ford Madox Ford acabó literalmente a tiros, y sin desenlace trágico gracias a la pésima puntería de aquel, pero no he encontrado ninguna fuente que corrobore esta historia.)

Duelo entre Pechorin y Grushinski. Ilustración de Mijail Vrubel, 1891

Lo mismo sucede con Mijail Lermontov, fallecido cuatro años después de Pushkin. En su obra cumbre, Un héroe de nuestro tiempo, Pechorin (trasunto del propio Lermontov y pariente espiritual de Oneguin) se bate en duelo al borde de un barranco en el Caúcaso, para camuflar la causa de la muerte como un accidente. Resulta siniestro comprobar como eligió para su duelo fatal un escenario similar al de la novela. La simetría acaba ahí: el asunto no fue de faldas, sino una puya demasiado bien dirigida.

Afortunadamente fueron los únicos en caer. Tolstoi y Turgueniev se retaron a un duelo, pero fueron dejando pasar la ocasión hasta que finalmente hicieron las paces. Los apuros económicos del primero ayudaron bastante…

Si alguien tiene curiosidad por profundizar en el tema, el Museo Arqueológico le dedicó un dossier bastante jugoso.

Pálido Fuego y los artificios literarios

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Saqué de la biblioteca Pálido Fuego, de Nabokov, libro que había intentado leer 10 años atrás. No pude entonces, fui vencida, derribada, creo, a las cuatro páginas.

Sin embargo esta vez sí. Nota de tapa que me sedujo:

Ejemplo principal de su maestría es Pálido Fuego – poema en pareados decasílabos de 999 versos divididos en 4 cantos, seguido de un exhaustivo comentario- obra que refleja el gusto de Nabokov por el juego intelectual y los artificios literarios. Bajo la apariencia de un trabajo erudito, se esconde un melodrama a la antigua con tres personajes principales: un loco que trata de asesinar a un rey imaginario, otro loco que se imagina que es ese rey y un distinguido y viejo poeta que se encuentra por casualidad en la línea de fuego y perece en el choque de las dos ficciones.

Pálido Fuego, Vladimir Nabokov. Editorial Bruguera, 1977. Traducción de Aurora Bernárdez

Aprovecho para poner mi foto favorita del autor con sus mariposas (¿serán las mariposas pálido fuego también?)

Vanitas vanitatis

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Entre los desvencijados sepulcros del Cementerio de Epidemias de la Almudena (la parte más antigua de la necrópolis, inuaugurada de urgencia durante el cólera de 1884). Preside un cruce de caminos, junto a la tumba de Manuel Quintana.

Como en muchas otras tumbas, el musgo va comiendo poco a poco los nombres de los difuntos, aunque la parte superior permanece inmaculada.

Estos restos de escritores ilustres fueron trasladados de los cementerios General del Norte y de San Martín el día 20 de junio de 1922. La Real Academia Española, cumpliendo un piadoso deber, mandó hacer este enterramiento

¿Quiénes son estos ilustres escritores, cuyos restos fueron rescatados por la Real Academia? Un primer vistazo a los nombres, medio borrados, no revela a nadie conocido. El esfuerzo por preservar sus restos fue banal, ya que la Posteridad los condenó hace tiempo al olvido. Como homenaje a los miles de escritores olvidados, ahogados en su propia mediocridad, quede constancia de sus identidades (por riguroso orden de aparición)

10 nombres en una lápida.

Antonio María de Segovia e Izquierdo († 14 de enero de 1874), periodista, académico de la Española y la de Bellas Artes de San Fernando, consul español enla República Dominicana.

10 tinteros vacios.

José del Castillo y Ayensa († 4 de junio de 1861), helenista, académico de la Española y embajador español en Roma. Tradujo a Anacreonte y Safo.

10 manuscritos inconclusos.

Juan González Caborreluz (sic) († 18 de enero  de 1868), decano de la Facultad de Teología de la Universidad Central de Madrid, académico de la Española.

10 obras completas nunca reeditadas.

Cayetano Alberto de la Barrera († 30 de octubre de 1872), farmaceútico, historiador de la literatura, oficial tercero en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional.

10 ediciones críticas que nadie se molestará en revisar.

José Francisco de Iturzaeta Eizaguirre († 19 de octubre de 1853), calígrafo.

10 notas a pie de página.

Francisco Cea († 2 de agosto de 1857), poeta. Sin niguna relación con Francisco Cea Bermudez.

10 tesis descartadas en departamentos de Filología Hispánica.

José Vicente y Caravantes († 26 de diciembre de 1880), jurista, académico de la Española.

10 autores que nunca figurarán en un manual escolar de literatura.

Antonio Flores Algovia († 16 de julio de 1865), escritor y periodista, jefe de sección de la Intendencia General de la Real Casa, caballero comendador de la Orden de Carlos III. Comparte cementerio con el otro Antonio Flores

10 vestimentas académicas apolilladas.

Antonio Ribot y Fontseré († 25 de octubre de 1871), político y poeta.

10 cuerpos convertidos en el polvo que desde hace tiempo cubre sus libros.

Juan de Dios Mora († 1884), político y escritor.

Y el resto es vanidad…

Ornamento y Sepelio

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“Si lo desean, puedo enseñarles el museo que tenemos en uno de los depósitos”

El guardia juguetea con un colmado llavero, mientras aguarda la respuesta del guía y del grupo, que en una mañana de domingo otoñal se disponen a recorrer el cementerio de la Almudena.

La perspectiva de poder penetrar en los depósitos, uno de los sancta sanctorum del cementerio, excita la imaginación del grupo y fuerza la respuesta afirmativa. Varios días antes me habían ofrecido la posibilidad de visitar los depósitos del Antómico-Forense. Tan morbosa cita no llegó a concretarse, y no creo que hubiera tenido estómago para soportar la experiencia. Mientras seguíamos al guardía, no pude evitar acordarme de Villiers de l’Isle Adam y su magistral relato ¡Como para confundirse!:

“Así pues, con la mayor educación del mundo, con aire satisfecho y el sombrero en la mano meditando incluso un madrigal para la dueña de la casa , entré sonriente y me encontré, directamente, ante una especie de sala de techo acristalado, desde donde caía el día, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y las miradas carecían de pensamiento, los rostros eran del color del tiempo.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya acogedora cortesía había contado, no era otra que la Muerte.
Me fijé en mis anfitriones.
Ciertamente, para escapar de las preocupaciones de la fastidiosa existencia, la mayor parte de los que ocupaban la sala habían asesinado su cuerpo, esperando de este modo un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos. Se detuvo ante el establecimiento. Hice la reflexión que mis gentes de negocios esperaban. Me volví para aprovechar mi buena suerte.”

El día caía, lívido, sobre la sala, pero no desde el techo, sino desde un gran ventanal de traza modernista. En vez de mesas de marmol e individuos con rostros del color del tiempo, reposaban, en cuidado desorden varios monstruos de madera, acero y bronce dorado.

Decía Adolf Loos que sólo la arquitectura funeraria, liberada de condicionantes utilitarios, podía considerarse arte. Me pregunto si esos vehículos de carrocerías tan historiadas entran en la misma categoría. Si esos chasis (fabricados por Latil, Studebacker e incluso Lincoln) destinados en principio al transporte de mercancías, de ganado, incluso de tropas, habían escapado de un destino tan mundano, y como recompensa habían recibido los servicios de un artista-carrocero dispuesto a convertir la caja en una fantasía egipcia, los guardabarros y el capó en un jardín fantasmal. Como si el horro vacui de la decoración fuera un reflejo del horror a ese vacío que no logramos intuir más allá del último paso.


Entre todos los coches destacaba uno blanco destinado a “inocentes y doncellas”. Lo que de la muerte iguala a todos es un tópico que la sociedad se empeña en desmontar. Recorder ese blanco vehículo cuando, poco después, cruzamos la zona del cementerio destinada a los niños.

La propia ordenación del cementerio refleja la estratificación de la sociedad. No sólo se discrimina por edad, y se separa a los niños del resto (a fin de cuentas, la muerte de un niño es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla aparte), sino que la organización en terrazas permite que los poderosos no sólo recuerden su posición por encima de la plebe, sino que además les garantiza un lugar más próximo al Cielo. A veces literalmente.

Al salir coincidimos con un responso en la capilla. Mientras familiares y amigos se agolpaban en la capilla, el finado se veía obligado a permanecer en el coche (a fin de cuentas, la muerte es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla fuera). Este, por cierto, era un vehículo estrictamente funcional, liberado de los delirios rococós de los artesanos de hace un siglo. Dado que el protagonista de la ceremonia no podía estar si quiera de cuerpo presente , el sacerdote salió un momento a bendecirlo, con su hisopo. El agua bendita salpicó la ventanilla, y allí se quedó, bendiciendo más el vehículo que el cadaver (ignoro, por supuesto, si en estos actos simbólicos, con la intención basta, o si es estrictamente necesario que el líquido llegue hasta la caja; en todo caso, no hubiera podido atravesar el montón de coronas de flores que cubrían la caja).

Mientras tanto, el conductor y un empleado de la funeraria fumaban y miraban al cielo.

Revenons sur ce mot de fascination

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Revenons sur ce mot de fascination…

Pascal Quignard — En reprenant les textes, je me suis aperçu que le mot phallus n’est jamais employé en latin. Les Romains appelaient fascinus ce que les Grecs nommaient phallos. Du sexe masculin dressé, c’est-à-dire du fascinus, dérive le mot de fascination, c’est-à-dire la pétrification qui s’empare des animaux et des hommes devant une angoisse insoutenable. Les fascia désignent le bandeau qui entourait les seins des femmes. Les fascies sont les faisceaux de soldats qui précédaient les Triomphes des imperator. De là découle également le mot fascisme, qui traduit cette esthétique de l’effroi et de la fascination.

Volvamos a esa palabra: fascinación…
Pascal Quignard –  Retomando los textos, me di cuenta de que la palabra phallus no se emplea nunca en latín. Los Romanos llamaban fascinus a lo que los Griegos llamaban phallos. Del sexo masculino en erección, es decir, del fascinus, deriva la palabra fascinación, es decir, la paralización de animales y hombres ante una angustia insuperable. Los fascia designan la cinta que tapaba los senos de las mujeres. Los fascies son los haces de los soldados que precedían a los Triunfos de los emperadores.
De ahí también deriva la palabra fascismo, que traduce esa estética del espanto y de la fascinación.

Fuente

Minientrada

Ocurrió en Villa Palagonia. Meses antes de aquello yo había capturado de Internet, no me acuerdo de dónde ni hay inscripción ni registro alguno que documente tal hallazgo, una imagen fascinante (mi abuso de esta palabra se merece que un día analice el término tal como lo hizo Pascal Quignard en El sexo y el espanto) en color (pero de cuando no había demasiada costumbre de la fotografía en color y todo es extrañamente irreal), en donde una señora, con flamantes zapatos rojos, posa de perfil sentada en un banco de piedra que podría estar  en el jardín de un palacio decadente. Inmediatamente imaginé que podría ser Roma.
Esa imagen quedó macerando en mi imaginario durante todo ese tiempo.

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Entonces un día, visitando Villa Palagonia, que Vian El Lobo me recordó que no olvidara, lo vi: reconocí ese banco. Todo era hipótesis, no puede ser, pensé al principio. Qué vértigo.

Este descubrimiento abrió una puerta en mi imaginación y empecé a ahondar en esa intuición que consiste en que todo lo que sucede en una vida, todos los eventos desordenados, se responden entre sí, que las causas se mezclan con las consecuencias y que todo está dispuesto para la confluencia de una serie de estímulos que fundan tu imaginario. Y que de alguna manera la realidad se manifiesta (perdónenme Mandelbrot y la comunidad científica) muchas veces como un fractal, un mundo que reproduce en sí mismo su imagen más pequeña, a varias escalas.
Estos días le he estado dando vueltas. Si es posible hacer algo semejante a lo que han hecho con el retrato de Emily Dickinson, entonces quisiera comparar la imagen que atrapé aleatoriamente hace tiempo con una imagen actual con el fin de llegar a alguna conclusión -o a ninguna-. La perspectiva no es del todo la misma pero se distingue bien el banco en esta toma.

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Empezando por lo más obvio: el banco de la primera imagen tiene tres patas. El segundo no. Pero las patas son frágiles, pudo haberse roto una en 40 ó 50 años.

Miremos el resto de detalles: a la derecha del banco, baja de la escalera una línea blanca. Coincide en ambas fotos el punto de intersección de la columna con la parte superior del banco.
Miremos también la base de la escalera: la alineación de los balaústres es idéntica en ambas imágenes y lo mismo puede decirse de las manchas negras en el mármol. Todas coinciden.
Observemos que en la primera foto se adivina un arco, escondido tras la escalera, en la segunda, se confirma ese arco que, por la perspectiva de la imagen se ve completo.
De todo lo anterior puedo deducir que la fotografía de la mujer de los zapatos rojos fue tomada en Villa Palagonia.
Resuena en

Viejas imágenes de Palagonia…

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Arqueología de un banco en Villa Palagonia