Archivo de la categoría: Escenas matritenses

Vanitas vanitatis

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Entre los desvencijados sepulcros del Cementerio de Epidemias de la Almudena (la parte más antigua de la necrópolis, inuaugurada de urgencia durante el cólera de 1884). Preside un cruce de caminos, junto a la tumba de Manuel Quintana.

Como en muchas otras tumbas, el musgo va comiendo poco a poco los nombres de los difuntos, aunque la parte superior permanece inmaculada.

Estos restos de escritores ilustres fueron trasladados de los cementerios General del Norte y de San Martín el día 20 de junio de 1922. La Real Academia Española, cumpliendo un piadoso deber, mandó hacer este enterramiento

¿Quiénes son estos ilustres escritores, cuyos restos fueron rescatados por la Real Academia? Un primer vistazo a los nombres, medio borrados, no revela a nadie conocido. El esfuerzo por preservar sus restos fue banal, ya que la Posteridad los condenó hace tiempo al olvido. Como homenaje a los miles de escritores olvidados, ahogados en su propia mediocridad, quede constancia de sus identidades (por riguroso orden de aparición)

10 nombres en una lápida.

Antonio María de Segovia e Izquierdo († 14 de enero de 1874), periodista, académico de la Española y la de Bellas Artes de San Fernando, consul español enla República Dominicana.

10 tinteros vacios.

José del Castillo y Ayensa († 4 de junio de 1861), helenista, académico de la Española y embajador español en Roma. Tradujo a Anacreonte y Safo.

10 manuscritos inconclusos.

Juan González Caborreluz (sic) († 18 de enero  de 1868), decano de la Facultad de Teología de la Universidad Central de Madrid, académico de la Española.

10 obras completas nunca reeditadas.

Cayetano Alberto de la Barrera († 30 de octubre de 1872), farmaceútico, historiador de la literatura, oficial tercero en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional.

10 ediciones críticas que nadie se molestará en revisar.

José Francisco de Iturzaeta Eizaguirre († 19 de octubre de 1853), calígrafo.

10 notas a pie de página.

Francisco Cea († 2 de agosto de 1857), poeta. Sin niguna relación con Francisco Cea Bermudez.

10 tesis descartadas en departamentos de Filología Hispánica.

José Vicente y Caravantes († 26 de diciembre de 1880), jurista, académico de la Española.

10 autores que nunca figurarán en un manual escolar de literatura.

Antonio Flores Algovia († 16 de julio de 1865), escritor y periodista, jefe de sección de la Intendencia General de la Real Casa, caballero comendador de la Orden de Carlos III. Comparte cementerio con el otro Antonio Flores

10 vestimentas académicas apolilladas.

Antonio Ribot y Fontseré († 25 de octubre de 1871), político y poeta.

10 cuerpos convertidos en el polvo que desde hace tiempo cubre sus libros.

Juan de Dios Mora († 1884), político y escritor.

Y el resto es vanidad…

Ornamento y Sepelio

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“Si lo desean, puedo enseñarles el museo que tenemos en uno de los depósitos”

El guardia juguetea con un colmado llavero, mientras aguarda la respuesta del guía y del grupo, que en una mañana de domingo otoñal se disponen a recorrer el cementerio de la Almudena.

La perspectiva de poder penetrar en los depósitos, uno de los sancta sanctorum del cementerio, excita la imaginación del grupo y fuerza la respuesta afirmativa. Varios días antes me habían ofrecido la posibilidad de visitar los depósitos del Antómico-Forense. Tan morbosa cita no llegó a concretarse, y no creo que hubiera tenido estómago para soportar la experiencia. Mientras seguíamos al guardía, no pude evitar acordarme de Villiers de l’Isle Adam y su magistral relato ¡Como para confundirse!:

“Así pues, con la mayor educación del mundo, con aire satisfecho y el sombrero en la mano meditando incluso un madrigal para la dueña de la casa , entré sonriente y me encontré, directamente, ante una especie de sala de techo acristalado, desde donde caía el día, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y las miradas carecían de pensamiento, los rostros eran del color del tiempo.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya acogedora cortesía había contado, no era otra que la Muerte.
Me fijé en mis anfitriones.
Ciertamente, para escapar de las preocupaciones de la fastidiosa existencia, la mayor parte de los que ocupaban la sala habían asesinado su cuerpo, esperando de este modo un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos. Se detuvo ante el establecimiento. Hice la reflexión que mis gentes de negocios esperaban. Me volví para aprovechar mi buena suerte.”

El día caía, lívido, sobre la sala, pero no desde el techo, sino desde un gran ventanal de traza modernista. En vez de mesas de marmol e individuos con rostros del color del tiempo, reposaban, en cuidado desorden varios monstruos de madera, acero y bronce dorado.

Decía Adolf Loos que sólo la arquitectura funeraria, liberada de condicionantes utilitarios, podía considerarse arte. Me pregunto si esos vehículos de carrocerías tan historiadas entran en la misma categoría. Si esos chasis (fabricados por Latil, Studebacker e incluso Lincoln) destinados en principio al transporte de mercancías, de ganado, incluso de tropas, habían escapado de un destino tan mundano, y como recompensa habían recibido los servicios de un artista-carrocero dispuesto a convertir la caja en una fantasía egipcia, los guardabarros y el capó en un jardín fantasmal. Como si el horro vacui de la decoración fuera un reflejo del horror a ese vacío que no logramos intuir más allá del último paso.


Entre todos los coches destacaba uno blanco destinado a “inocentes y doncellas”. Lo que de la muerte iguala a todos es un tópico que la sociedad se empeña en desmontar. Recorder ese blanco vehículo cuando, poco después, cruzamos la zona del cementerio destinada a los niños.

La propia ordenación del cementerio refleja la estratificación de la sociedad. No sólo se discrimina por edad, y se separa a los niños del resto (a fin de cuentas, la muerte de un niño es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla aparte), sino que la organización en terrazas permite que los poderosos no sólo recuerden su posición por encima de la plebe, sino que además les garantiza un lugar más próximo al Cielo. A veces literalmente.

Al salir coincidimos con un responso en la capilla. Mientras familiares y amigos se agolpaban en la capilla, el finado se veía obligado a permanecer en el coche (a fin de cuentas, la muerte es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla fuera). Este, por cierto, era un vehículo estrictamente funcional, liberado de los delirios rococós de los artesanos de hace un siglo. Dado que el protagonista de la ceremonia no podía estar si quiera de cuerpo presente , el sacerdote salió un momento a bendecirlo, con su hisopo. El agua bendita salpicó la ventanilla, y allí se quedó, bendiciendo más el vehículo que el cadaver (ignoro, por supuesto, si en estos actos simbólicos, con la intención basta, o si es estrictamente necesario que el líquido llegue hasta la caja; en todo caso, no hubiera podido atravesar el montón de coronas de flores que cubrían la caja).

Mientras tanto, el conductor y un empleado de la funeraria fumaban y miraban al cielo.