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Tres memorias vienesas (III)

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El trauma del nazismo que tanto afectó a Morgenstern, hasta privarle de la voz, está también presente en la literatura austríaca de posguerra. Lo hace en los poetas (a fin de cuentas, Paul Celan sobrevivió al Holocausto), y lo hace sobre todo en la novela. Tal es el caso de Thomas Bernhard, implacable fustigador de toda la sordidez e hipocresía sobre la que se levanta la actual República de Austria, y su esquizofrénica relación con los años de la ocupación.
Hay mucho de autobiográfico en la obra de Bernhard, empezando por esas cinco novelas que hace poco recopiló Anagrama en un solo tomo (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño), pero hay una obra, que a su manera, me parece heredera del libro de Morgenstern. Se trata de El sobrino de Wittgenstein, evocación de la amistad entre Bernhard y el extravagante Paul Wittgenstein, sobrino del filósfo y, suele mencionarse menos, del pianista manco del mismo nombre.
(…) había llegado allí en medio de una discusión sobre la  Sinfonía Haffner interpretada por la London Philarmonic bajo la dirección de Schuricht, lo que me vino muy bien, porque, lo mismo que mis interlocutores, un día antes de la discusión había escuchado a Schuricht dirigir esa sinfonía en la Musikverein y había tenido la impresión de no haber escuchado nunca en toda mi existencia musical, un concierto más perfecto. Los tres, yo, Paul y su amiga Irina, una persona muy musical, y sin lugar a dudas una de las más extraordinarias entendidas en materia de arte, habíamos sido de la misma opinión en relación con el concierto. Durante esa  discusión, en la que, como es natural, no se trataron cosas fundamentales pero sí decisivas, que no nos habían gustado a los tres por igual y con la misma intensidad, se fundó en unas horas, como de forma espontánea, mi amistad con Paul. Hacía años que lo había visto ya una y otra vez, pero nunca había cambiado con él palabra, y allí, en la Blumenstockgasse, muy alto, en el cuarto piso de una casa de fin de siglo sin ascensor, fue el comienzo. Era una habitación gigantesca, amueblada con muebles sencillos pero cómodos, aquella en que hablamos los tres sobre Schuricht, mi director de orquesta preferido, y la sinfonía Haffner, mi sinfonía preferida, y sobre aquel concierto decisivo para nuestra amistad, durante horas, hasta el agotamiento total.
El relato de la amistad y la evocación del amigo perdido son los temas centrales del libro, que comienza, de manera muy bernhardiana, en dos sanatorios vecinos, uno de ellos para enfermos de pulmón y el otro, el mítico psiquiátrico Am Steinhof (casualmente tuve ocasión hace años de visitar este último, aunque la persisitente lluvia de sábado de agosto evitó que acudiera también al otro), donde escritor y amigo coinciden. A través de un largo y trabajadísimo monólogo interior, Bernhard recuerda la figura
(…) de aquel ser, que era después de todo el único masculino con el que había podido conversar de una forma que me conviniera, encontrar un tema y desarrollarlo, de la naturaleza que fuera y aunque fuera el más difícil. Cuánto tiempo hace que estoy ya privado de esas convesaciones, de esa capacidad para escuchar, para explicar, y al mismo tiempo para recibir, pensaba, cuanto tiempo hace ya de nuestras conversaciones sobre Webern, sobre Schönberg, sobre Satie, sobre el Tristán y La flauta mágica, sobre el Don Juan y El Rapto (…). Es verdad que tengo amigos, los mejores amigos, pero ninguno cuya  riqueza de inventiva y sensibilidad puediera compararse con las de Paul (…).
A pesar del aparente tono elegíaco, no hay tristeza en el relato. A ello contribuye en buena medida la personalidad de Paul, la otra oveja negra (junto a su ilustre tío) de una de las familias más ricas del país, melómano impenitente, filántropo manirroto, dandy, loco y filósofo. Hay mucha ternura y afecto en ese recuerdo, y eso hace que sea la obra más liviana de Bernhard. Lo cual no quiere decir que sea un libro fácil: la muy musical prosa de Bernhard, con su ritmo cansino , que se retuerce constantemente sobre sí misma, está presente, como lo están las obsesiones habituales (muerte, decrepitud, hipocresía) y el ácido sentido del humor. Pero así como he naufragado  con troas obras de Bernhard, y bien que lo lamento, he podido volver de nuevo a este libro, y dejarme llevar por ese torrente de reflexiones y anécdotas, y dejarme estrangular de nuevo por esas frases que se enroscan como boas.
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Tres memorias vienesas (I)

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Recordar es preservar lo que se ama. Cuando además esos recuerdos se fijan, sea por escrito o en algun otro soporte, se comparten, de modo que se consigue para ellos una porción de eternidad.
En realidad son muchos los libros de memorias, pero pocos los que se ajustan a la definición anterior. La mayoría no dejan de ser ejercicios de narcisismo (que en el fondo no es más que preservar algo que se ama MUCHO), así que preferiría centrarme en las excepciones. En tres en concreto, que además proceden de un mismo entorno geográfico, y uno bastante querido por mi parte.

En ocasiones lo amado no tiene porque ser algo material. Pensaba en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer, responsables en gran medida de mis filias austríacas. Es difíl que Zweig caiga mal: pacifista, humanista, cosmopolita, sufrió mucho en los últimos años de su vida, cuando Europa caía en manos de la alegre muchachada de camisa parda (o azul mahón en España). El acto de escribir memorias es, por tanto, un modo de dar testimonio de una cultura europea internacionalista que el autor creía herida de muerte.

Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que en 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. (…) No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich.

El relato de los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial es notable. Zwedig describe como se hallaba en un balneario en Bélgica, trabajando en un libro con Emile Verhaeren. El balneario estaba ocupado en su totalidad por veraneantes alemanes, que acogieron la noticia del atentado de Sarajevo con preocupación, pero que poco a poco miraban los periódicos con un cierto aire de hastío. A fin de cuentas, ese era el mundo de la seguridad, de la Gran Ilusión (aquel libro que aseguraba que una guerra entre las potencias europeas era imposible, que destruiría la economía), en el que ya estaban acostumbrados a los problemas en los Balcanes. Y mientras el vendedor de periódicos se alejaba con su pregón de ultimatums y movilizaciones, los veraneantes volvían a sus asuntos. Ese mundo se derrumbo para Zweig en el momento en el que comprobó, nada más cruzar la frontera, que Alemania se disponía a invadir la neutral Bélgica. A partir de ahí, no tanto los horrores de la guerra mecanizada, sino los de la estupidez de la retaguardia, ejemplificada en el ascenso y caída de su amigo Ernst Lissauer.
Pero Zweig no idealiza ese mundo de ante-guerra. Uno de los capítulos más interesantes es el dedicado a los usos sexuales de la Viena de los Habsburgo:
Quizás en ninguna otra esfera de la vida pública se produjo un cambio tan radical en el lapso de una sola generación como en el de las relaciones entre los dos sexos, y eso por una serie de factores: la emancipación de la mujer, el psicoanálisis freudiano, la educación física, la emancipación de los jóvenes. Si tratamos de formular la diferencia entre la moral burguesa del siglo XIX, que era esencialmente victoriana, y las ideas hoy vigentes, de más libertad y menos prejuicios, quizá la mejor forma de abordar la cuestión sería diciendo que aquella época rehuía medrosamente el problema de la sexualidad por un sentimiento de inseguridad interior. Épocas anteriores, de lo más religiosas todavía, sobre todo las rigurosamente puritanas, lo tenían más fácil. Imbuidas de la idea de que el apetito sexual era el aguijón del diablo y que el placer corporal era lujuria y pecado, las autoridades de la EdadMedia habían atacado el problema de frente y habían impuesto su estricta moral con severas prohibiciones y (sobre todo en la Ginebra calvinista) unos castigos atroces. Nuestro siglo, en cambio, época tolerante que, desde tiempos atrás, ya no creía en el demonio y apenas en Dios,no hizo suficiente acopio de valor como para lanzar un anatema tan radical, pero consideraba la sexualidad como un elemento anárquico y, por lo tanto, molesto, que no se ajustaba a su ética y no era un tema apto para sacarlo a la luz del día, porque cualquier forma de amor libre o extramatrimonial iba en contra de la «decencia» burguesa. Ante tamaño dilema, la época ideó un original compromiso. Limitó su moral a no prohibir a los jóvenes practicar su vita sexualis, pero exigió que despacharan ese desagradable asunto con discreción. Si no se podía eliminar la sexualidad, como mínimo debían procurar que no fuera visible dentro de su mundo moral. Y así, se acordó tácitamente no hablar de esas cosas tan enojosas ni en la escuela ni en casa ni en público, y suprimir todo lo que pudiera recordar su existencia.
El tono del libro se va oscureciendo a medida que se acerca a su final. A fin de cuentas, ya dije, este el testamento de su autor: Zweig se suicidó  en 1942, aterrado ante la posibilidad de que las ideologías de masas triunfaran definitivamente. Cuando leí el libro por primera vez hace diez años, pensé que Zweig estaría orgulloso del proyecto europeo, que habíamos conseguido retornar a esa sociedad sin fronteras. Hoy, en este ambiente de sálvese quién pueda generalizado, considero que es una lectura más que necesaria.