Archivo de la categoría: Arquitectura y recuerdos

Osuna: Ética y estética de un dandy

Estándar

_MG_0146Pegadas a la antigua carretera de Aragón, en lo que hasta 1949 era el pueblo de Canillas, se levantan todavía algunas de las viejas quintas de recreo de la aristocracia madrileñas. De entre ellas destaca por su tamaño y lujo la conocida como El Capricho. Fue construida a finales del siglo XVIII por encargo de la todopoderosa e ilustrada condsa-duquesa de Benavente. Cuando se trazó el jardín, el poder de la casa de Girón era inmenso. Un siglo después todo se había reducido a humo, víctima del delirante tren de vida del último vástago de la familia: Mariano Téllez de Girón y Beaufort-Spontin, duque de Osuna. Lee el resto de esta entrada

Anuncios

Ornamento y Sepelio

Estándar

“Si lo desean, puedo enseñarles el museo que tenemos en uno de los depósitos”

El guardia juguetea con un colmado llavero, mientras aguarda la respuesta del guía y del grupo, que en una mañana de domingo otoñal se disponen a recorrer el cementerio de la Almudena.

La perspectiva de poder penetrar en los depósitos, uno de los sancta sanctorum del cementerio, excita la imaginación del grupo y fuerza la respuesta afirmativa. Varios días antes me habían ofrecido la posibilidad de visitar los depósitos del Antómico-Forense. Tan morbosa cita no llegó a concretarse, y no creo que hubiera tenido estómago para soportar la experiencia. Mientras seguíamos al guardía, no pude evitar acordarme de Villiers de l’Isle Adam y su magistral relato ¡Como para confundirse!:

“Así pues, con la mayor educación del mundo, con aire satisfecho y el sombrero en la mano meditando incluso un madrigal para la dueña de la casa , entré sonriente y me encontré, directamente, ante una especie de sala de techo acristalado, desde donde caía el día, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y las miradas carecían de pensamiento, los rostros eran del color del tiempo.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya acogedora cortesía había contado, no era otra que la Muerte.
Me fijé en mis anfitriones.
Ciertamente, para escapar de las preocupaciones de la fastidiosa existencia, la mayor parte de los que ocupaban la sala habían asesinado su cuerpo, esperando de este modo un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos. Se detuvo ante el establecimiento. Hice la reflexión que mis gentes de negocios esperaban. Me volví para aprovechar mi buena suerte.”

El día caía, lívido, sobre la sala, pero no desde el techo, sino desde un gran ventanal de traza modernista. En vez de mesas de marmol e individuos con rostros del color del tiempo, reposaban, en cuidado desorden varios monstruos de madera, acero y bronce dorado.

Decía Adolf Loos que sólo la arquitectura funeraria, liberada de condicionantes utilitarios, podía considerarse arte. Me pregunto si esos vehículos de carrocerías tan historiadas entran en la misma categoría. Si esos chasis (fabricados por Latil, Studebacker e incluso Lincoln) destinados en principio al transporte de mercancías, de ganado, incluso de tropas, habían escapado de un destino tan mundano, y como recompensa habían recibido los servicios de un artista-carrocero dispuesto a convertir la caja en una fantasía egipcia, los guardabarros y el capó en un jardín fantasmal. Como si el horro vacui de la decoración fuera un reflejo del horror a ese vacío que no logramos intuir más allá del último paso.


Entre todos los coches destacaba uno blanco destinado a “inocentes y doncellas”. Lo que de la muerte iguala a todos es un tópico que la sociedad se empeña en desmontar. Recorder ese blanco vehículo cuando, poco después, cruzamos la zona del cementerio destinada a los niños.

La propia ordenación del cementerio refleja la estratificación de la sociedad. No sólo se discrimina por edad, y se separa a los niños del resto (a fin de cuentas, la muerte de un niño es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla aparte), sino que la organización en terrazas permite que los poderosos no sólo recuerden su posición por encima de la plebe, sino que además les garantiza un lugar más próximo al Cielo. A veces literalmente.

Al salir coincidimos con un responso en la capilla. Mientras familiares y amigos se agolpaban en la capilla, el finado se veía obligado a permanecer en el coche (a fin de cuentas, la muerte es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla fuera). Este, por cierto, era un vehículo estrictamente funcional, liberado de los delirios rococós de los artesanos de hace un siglo. Dado que el protagonista de la ceremonia no podía estar si quiera de cuerpo presente , el sacerdote salió un momento a bendecirlo, con su hisopo. El agua bendita salpicó la ventanilla, y allí se quedó, bendiciendo más el vehículo que el cadaver (ignoro, por supuesto, si en estos actos simbólicos, con la intención basta, o si es estrictamente necesario que el líquido llegue hasta la caja; en todo caso, no hubiera podido atravesar el montón de coronas de flores que cubrían la caja).

Mientras tanto, el conductor y un empleado de la funeraria fumaban y miraban al cielo.

Minientrada

Ocurrió en Villa Palagonia. Meses antes de aquello yo había capturado de Internet, no me acuerdo de dónde ni hay inscripción ni registro alguno que documente tal hallazgo, una imagen fascinante (mi abuso de esta palabra se merece que un día analice el término tal como lo hizo Pascal Quignard en El sexo y el espanto) en color (pero de cuando no había demasiada costumbre de la fotografía en color y todo es extrañamente irreal), en donde una señora, con flamantes zapatos rojos, posa de perfil sentada en un banco de piedra que podría estar  en el jardín de un palacio decadente. Inmediatamente imaginé que podría ser Roma.
Esa imagen quedó macerando en mi imaginario durante todo ese tiempo.

Image

Entonces un día, visitando Villa Palagonia, que Vian El Lobo me recordó que no olvidara, lo vi: reconocí ese banco. Todo era hipótesis, no puede ser, pensé al principio. Qué vértigo.

Este descubrimiento abrió una puerta en mi imaginación y empecé a ahondar en esa intuición que consiste en que todo lo que sucede en una vida, todos los eventos desordenados, se responden entre sí, que las causas se mezclan con las consecuencias y que todo está dispuesto para la confluencia de una serie de estímulos que fundan tu imaginario. Y que de alguna manera la realidad se manifiesta (perdónenme Mandelbrot y la comunidad científica) muchas veces como un fractal, un mundo que reproduce en sí mismo su imagen más pequeña, a varias escalas.
Estos días le he estado dando vueltas. Si es posible hacer algo semejante a lo que han hecho con el retrato de Emily Dickinson, entonces quisiera comparar la imagen que atrapé aleatoriamente hace tiempo con una imagen actual con el fin de llegar a alguna conclusión -o a ninguna-. La perspectiva no es del todo la misma pero se distingue bien el banco en esta toma.

Image

Empezando por lo más obvio: el banco de la primera imagen tiene tres patas. El segundo no. Pero las patas son frágiles, pudo haberse roto una en 40 ó 50 años.

Miremos el resto de detalles: a la derecha del banco, baja de la escalera una línea blanca. Coincide en ambas fotos el punto de intersección de la columna con la parte superior del banco.
Miremos también la base de la escalera: la alineación de los balaústres es idéntica en ambas imágenes y lo mismo puede decirse de las manchas negras en el mármol. Todas coinciden.
Observemos que en la primera foto se adivina un arco, escondido tras la escalera, en la segunda, se confirma ese arco que, por la perspectiva de la imagen se ve completo.
De todo lo anterior puedo deducir que la fotografía de la mujer de los zapatos rojos fue tomada en Villa Palagonia.
Resuena en

Viejas imágenes de Palagonia…

Image

Image

Arqueología de un banco en Villa Palagonia