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Osuna: Ética y estética de un dandy

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_MG_0146Pegadas a la antigua carretera de Aragón, en lo que hasta 1949 era el pueblo de Canillas, se levantan todavía algunas de las viejas quintas de recreo de la aristocracia madrileñas. De entre ellas destaca por su tamaño y lujo la conocida como El Capricho. Fue construida a finales del siglo XVIII por encargo de la todopoderosa e ilustrada condsa-duquesa de Benavente. Cuando se trazó el jardín, el poder de la casa de Girón era inmenso. Un siglo después todo se había reducido a humo, víctima del delirante tren de vida del último vástago de la familia: Mariano Téllez de Girón y Beaufort-Spontin, duque de Osuna. Lee el resto de esta entrada

Silencio. Sueño.

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Hace muchos años, tantos que no puedo recordar ni título ni autor (¿puede ser John William Polidori? Puede), leí en una antología de literatura gótica una historia, casi una anecdota en el transcurso del relato, que todavía me sigue aterrando. Hablaba el cuento, además de vampiros, aparecidos y demás condimentos del terror romántico, de una pareja de bandidos griegos que, tras tantos años juntos en unas montañas remotas, habían dejado de hablarse, pues ninguna novedad había en sus vidas, y ya se habían dicho todo.

Siempre me ha aterrado esa idea de que la monotonía pueda, en algún momento liquidar la conversación misma. Y siempre me he preguntado, muchas veces al ver esos matrimonios ancianos que llevan tanto tiempo conviviendo, si habrá algún caso de extremo aislamiento que pueda acercarse a la historia de los bandidos silentes.

Y hete aquí esta tarde, en el blog del Smithsonian leo sobre la historia de los Lykov, una familia de viejos creyentes que habían vivido aislados en lo más profundo de la taiga durante 40 años, sin ningún contacto con otros seres humanos. Lo más fascinante de la historia es que, tal y como apuntó el periodista Vasily Peskov, su principal entrentenimiento era “contarse sus sueños”.

Respiro aliviado, pienso que incluso en la inmensa monotonía de los bosques helados, entre personas  que han huido de la sociedad hasta el punto de reducir su mundo a su pequeño clan, es posible no condenarse al silencio absoluto.

Pero a la vez me pregunto, ¿qué sueña alguien que no conoce más allá de sus bosques y las cuatro caras familiares? ¿Sueña con lo conocido, con la Biblia y el látigo paternos, las patatas del almuerzo y la primera nevada? ¿Sueña acaso con el calor, los horizontes ilimitados, las ciudades, con otros rostros con otra vida? Aunque en el opresivo ambiente de los Lykov esto último fuera visto como una subversión peligrosa.

Estas preguntas quedarán sin respuesta. El choque de la civilaización con los Lykov tuvo sus consecuencias. Los geólogos que encontraron a la familia contagiaron con enfermedades comunes a los hijos más jovenes, que a pesar de su adaptación al medio, acabaron por sucumbir. Hoy en día sólo queda una de las hijas, Agafia. A pesar de haber conocido la civilización, y de ser una celebridad local, ha decidido quedarse en la precaria cabaña de su padre. Quizás porque esa porción de taiga y sus sueños sean el único lugar donde realmente puede ser.

Todos somos Oblómov

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Desde que el hombre comenzó a fabular, siempre ha habido una fascinación por los héroes. Y cuanto más dinámicos mejor. Los héroes pasivos, escasos, suelen aparecer como síntoma de algún difuso mal social. Así Bartleby, así el estudiante protagonista de Un hombre que duerme.

Pero en esta breve genealogía de la pasividad hay un personaje que nos resulta particulamente cercano. Les presento a Iliá Ilich Oblómov, protagonista de la novela homónima de Iván Alexandrovich Goncharov. Oblómov es un terrateniente y exfuncionario que pasa los días en casa, tumbado en su diván, envuelto en su batín asiático (detalle este útimo fundamental para enter las intenciones originales de Goncharov: criticar a unas clases acomodadas que eran vistas como un símbolo del retraso de Rusia y un obstáculo para su europeización). Junto con su criado Zajar forman un quijotesco dúo de incompetentes: el amo es incapaz de concluir una carta, y el criado no puede llevar una bandeja sin destrozar buena parte del menaje. Pero la actitud de Oblómov no es resultado de la pereza, ni de una callada rebelión contra la incipiente sociedad industrial. La inoperancia de Oblómov es resultado de la  indecisión, de  ese miedo al cambio que nos paraliza y hace que acabemos posponiendo las cosas. A esa actitud el dinámico Shtolz, germánica contrafigura del protagonista, llama oblomovismo.

El oblomovismo impide que el protagonista escriba una carta, hace que posponga indefinidamente los planes de reforma de su finca, o le lleva a cancelar su boda porque es incapaz de fijar una fecha. El oblomovismo hace que nos planteemos ir al gimanasio al ver las lorzas en el espejo, aunque nunca vayamos; es el que nos tiene acariaciando el teclado mientras nos pensamos si enviar ese correo que nunca abandonará la bandeja de salida. Es, en definitiva la actitud de todos aquellos que, como Oblómov, como Zajar, llegado un momento se dejan vivir, y ven como los días van pasando, como los ideales van marchitándose y como, a la postre, lo único que se quiere es tranquilidad y monotonía.

Y dado que todos acabamos cayendo en ese suave sopor, no dejamos de mirar con simpatía al indolente Oblómov, y así, al igual que con don Quijote, la caricatura se hace carne, y acampa entre nosotros. En cambio, qué falso resulta Shtolz, el emprendedor, el hombre racional. Qué huecas sus proclamas, dignas de un manual de autoayuda para ejecutivos. Qué postiza se nos hace su relación con Olga, basada en proposiciones tan lógicas como ciertas (y en cambio, a pesar de lo pacatos que resultan los usos amorosos de la Rusia decimonónica, cuánta verdad hay en esos interminables paseos de Olga y Oblómov por el parque).

A la postre sabemos que la vida siempre gana, y que eso quiere decir que las ambiciones quedan aniquilidades, y que la única aspiración que quedar es soñar con un Arcadia féliz (como Oblomóvka) y una vida, como dirían Radiohead, sin alarmas ni sorpresas.

Tres memorias vienesas (III)

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El trauma del nazismo que tanto afectó a Morgenstern, hasta privarle de la voz, está también presente en la literatura austríaca de posguerra. Lo hace en los poetas (a fin de cuentas, Paul Celan sobrevivió al Holocausto), y lo hace sobre todo en la novela. Tal es el caso de Thomas Bernhard, implacable fustigador de toda la sordidez e hipocresía sobre la que se levanta la actual República de Austria, y su esquizofrénica relación con los años de la ocupación.
Hay mucho de autobiográfico en la obra de Bernhard, empezando por esas cinco novelas que hace poco recopiló Anagrama en un solo tomo (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño), pero hay una obra, que a su manera, me parece heredera del libro de Morgenstern. Se trata de El sobrino de Wittgenstein, evocación de la amistad entre Bernhard y el extravagante Paul Wittgenstein, sobrino del filósfo y, suele mencionarse menos, del pianista manco del mismo nombre.
(…) había llegado allí en medio de una discusión sobre la  Sinfonía Haffner interpretada por la London Philarmonic bajo la dirección de Schuricht, lo que me vino muy bien, porque, lo mismo que mis interlocutores, un día antes de la discusión había escuchado a Schuricht dirigir esa sinfonía en la Musikverein y había tenido la impresión de no haber escuchado nunca en toda mi existencia musical, un concierto más perfecto. Los tres, yo, Paul y su amiga Irina, una persona muy musical, y sin lugar a dudas una de las más extraordinarias entendidas en materia de arte, habíamos sido de la misma opinión en relación con el concierto. Durante esa  discusión, en la que, como es natural, no se trataron cosas fundamentales pero sí decisivas, que no nos habían gustado a los tres por igual y con la misma intensidad, se fundó en unas horas, como de forma espontánea, mi amistad con Paul. Hacía años que lo había visto ya una y otra vez, pero nunca había cambiado con él palabra, y allí, en la Blumenstockgasse, muy alto, en el cuarto piso de una casa de fin de siglo sin ascensor, fue el comienzo. Era una habitación gigantesca, amueblada con muebles sencillos pero cómodos, aquella en que hablamos los tres sobre Schuricht, mi director de orquesta preferido, y la sinfonía Haffner, mi sinfonía preferida, y sobre aquel concierto decisivo para nuestra amistad, durante horas, hasta el agotamiento total.
El relato de la amistad y la evocación del amigo perdido son los temas centrales del libro, que comienza, de manera muy bernhardiana, en dos sanatorios vecinos, uno de ellos para enfermos de pulmón y el otro, el mítico psiquiátrico Am Steinhof (casualmente tuve ocasión hace años de visitar este último, aunque la persisitente lluvia de sábado de agosto evitó que acudiera también al otro), donde escritor y amigo coinciden. A través de un largo y trabajadísimo monólogo interior, Bernhard recuerda la figura
(…) de aquel ser, que era después de todo el único masculino con el que había podido conversar de una forma que me conviniera, encontrar un tema y desarrollarlo, de la naturaleza que fuera y aunque fuera el más difícil. Cuánto tiempo hace que estoy ya privado de esas convesaciones, de esa capacidad para escuchar, para explicar, y al mismo tiempo para recibir, pensaba, cuanto tiempo hace ya de nuestras conversaciones sobre Webern, sobre Schönberg, sobre Satie, sobre el Tristán y La flauta mágica, sobre el Don Juan y El Rapto (…). Es verdad que tengo amigos, los mejores amigos, pero ninguno cuya  riqueza de inventiva y sensibilidad puediera compararse con las de Paul (…).
A pesar del aparente tono elegíaco, no hay tristeza en el relato. A ello contribuye en buena medida la personalidad de Paul, la otra oveja negra (junto a su ilustre tío) de una de las familias más ricas del país, melómano impenitente, filántropo manirroto, dandy, loco y filósofo. Hay mucha ternura y afecto en ese recuerdo, y eso hace que sea la obra más liviana de Bernhard. Lo cual no quiere decir que sea un libro fácil: la muy musical prosa de Bernhard, con su ritmo cansino , que se retuerce constantemente sobre sí misma, está presente, como lo están las obsesiones habituales (muerte, decrepitud, hipocresía) y el ácido sentido del humor. Pero así como he naufragado  con troas obras de Bernhard, y bien que lo lamento, he podido volver de nuevo a este libro, y dejarme llevar por ese torrente de reflexiones y anécdotas, y dejarme estrangular de nuevo por esas frases que se enroscan como boas.

Tres memorias vienesas (II)

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Zweig no vivió para atestiguar la derrota del nazismo y el descubrimiento de la extensión de sus crímenes. Soma Morgenstern sí, y el descubrimiento le provocó un profundo trauma (íncluso físico: padeció de afasia). Perteneciente a la misma generación de cosmopolitas judíos centroeuropeos, su obra permanecía olvidada hasta hace 20 años, incluso en el entorno germánico. Hoy podemos leer en castellano su trilogía Destellos en el abismo (y por mi parte, puedo añadir que la primera parte, El hijo del hijo pródigo, es extraordinaria) y buena parte de su producción memorialística. Porque al igual que Zweig, Morgenstern quiso dar testimonio de la cultura centroeuropea de entreguerras, pero en este caso centrándose en las personas (o como él mismo apuntó, “lo que, desde hace años, escribo debía llevar el título de `Una vida con amigos´”). A falta de leer Alban Berg y sus ídolos, me centraré en Huida y fin de Joseph Roth.
Debo confesar que tengo un especial cariño por Roth, a pesar de que en ocasiones tengo la impresión de que se tiró buena parte de su vida reescribiendo la misma novela. Morgenstern y Roth fueron amigos desde la adolescencia, y el segundo apoyó la carrera literario del primero. De hecho los diálogos sobre el proceso de escribir son de lo más jugoso del libro:
De vez en cuando Roth me preguntaba por la noche: -“¿Cuántas páginas has escrito hoy?” Al decirle que escribir la novela me resultaba más fácil que escribir artículos para el periódico, dijo: -“A mi me pasa igual. Es decir, me pasaba hasta cierto punto”. En relación a lo mismo, me dijo una noche: -“Te voy a hacer una pregunta personal. Piénsala bien. Tú puedes hacérmela a mí. ¿Puedes decir cuándo se te deshizo el nudo?” -“¿Qué quieres decir con eso?” , le pregunté. -“Te diré primero cuándo se me deshizo a mí. Entonces verás lo que quiero decir. Durante muchos años, después de cada artículo que escribía, tenía el terrible sentimiento de que era el último, ¿cómo podría escribir el siguiente? Así fue hasta leí a Proust. Con Marcel Proust se me deshizo el nudo Desde entonces sé cómo tengo que escribir. Aunque no imito a Proust en absoluto, como seguramente sabes. ¿Cuándo se te deshizo el nudo?” -“Ahora ya comprendo la pregunta. Espero que no te asombres si te digo cómo y cuándo se me deshizo el nudo a mí. Así como a ti te ayudo Proust, a mí, de manera chocante, no me ayudó ningún escritor, sino un compositor. Y, lo que es aún más chocante, un compositor ruso llamado Modest Mussorgski. Escuché un fragmento suyo en un concierto por primera vez y salí con la persuasión de que ya sabía cómo debía escribir. ¿Lo comprendes?” -“Sí, aunque no entiendo nada de música. Pero, ¿se lo has dicho a un compositor? ¿Y lo ha entendido?” -“Es la primera vez que se lo digo a un escritor. Pero, como sabes, tengo un amigo, Alban Berg. A él le mostré, como a ti, las primeras cien páginas de mi novela para que las leyera, unos meses después de que tú l0 hicieras (…). Alban me llamó, y me dijo, entre otras cosas: `Desde luego, escribes como compone Mussorgski´ Eso me alegró tanto como me chocó. Y esa es la razón por la que he confiado en decírtelo y contar con tu comprensión”.
El retrato de Roth no es, a pesar de la amistad, clemente. Aparece como un personaje brillante, pero también cínico, plagiario, sablista profesional, conspirador monárquico en ratos libres, y por encima de todo, alcohólico. Al igual que Andreas Kartak, el protagonista de La leyenda del santo bebedor, Roth se fue bebiendo la vida por los cafés parisinos; no fue un proceso deliberado, no hay aquí ese empeño autodestructivo bohemio, ni, como a veces se da a entender, un modo de sobrellevar la difícil situación política. Morgenstern anota varias veces como Roth, fallecido a los 44 años, parecía un hombre de 60. Existe una fotografía particularmente estremecedora, que muestra a Zweig y Roth en Ostende en 1936. Zweig es el de la izquierda, y tenía 13  años más que Roth.
Hay un juicio severo de Morgenstern sobre el vicio de su amigo. Pero no es un juicio moralista, sino el resultado de la impotencia al ser testigo del declive y no poder hacer nada. Roth murió entre delirios, solo, en un hospital de París, y su final, paradojicamente, está muy alejado del de Kartak; no fue hermoso ni liviano.

Tres memorias vienesas (I)

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Recordar es preservar lo que se ama. Cuando además esos recuerdos se fijan, sea por escrito o en algun otro soporte, se comparten, de modo que se consigue para ellos una porción de eternidad.
En realidad son muchos los libros de memorias, pero pocos los que se ajustan a la definición anterior. La mayoría no dejan de ser ejercicios de narcisismo (que en el fondo no es más que preservar algo que se ama MUCHO), así que preferiría centrarme en las excepciones. En tres en concreto, que además proceden de un mismo entorno geográfico, y uno bastante querido por mi parte.

En ocasiones lo amado no tiene porque ser algo material. Pensaba en las memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer, responsables en gran medida de mis filias austríacas. Es difíl que Zweig caiga mal: pacifista, humanista, cosmopolita, sufrió mucho en los últimos años de su vida, cuando Europa caía en manos de la alegre muchachada de camisa parda (o azul mahón en España). El acto de escribir memorias es, por tanto, un modo de dar testimonio de una cultura europea internacionalista que el autor creía herida de muerte.

Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que en 1914 viajé a la India y América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. (…) No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de estos fastidios; las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada, a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no representaban más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich.

El relato de los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial es notable. Zwedig describe como se hallaba en un balneario en Bélgica, trabajando en un libro con Emile Verhaeren. El balneario estaba ocupado en su totalidad por veraneantes alemanes, que acogieron la noticia del atentado de Sarajevo con preocupación, pero que poco a poco miraban los periódicos con un cierto aire de hastío. A fin de cuentas, ese era el mundo de la seguridad, de la Gran Ilusión (aquel libro que aseguraba que una guerra entre las potencias europeas era imposible, que destruiría la economía), en el que ya estaban acostumbrados a los problemas en los Balcanes. Y mientras el vendedor de periódicos se alejaba con su pregón de ultimatums y movilizaciones, los veraneantes volvían a sus asuntos. Ese mundo se derrumbo para Zweig en el momento en el que comprobó, nada más cruzar la frontera, que Alemania se disponía a invadir la neutral Bélgica. A partir de ahí, no tanto los horrores de la guerra mecanizada, sino los de la estupidez de la retaguardia, ejemplificada en el ascenso y caída de su amigo Ernst Lissauer.
Pero Zweig no idealiza ese mundo de ante-guerra. Uno de los capítulos más interesantes es el dedicado a los usos sexuales de la Viena de los Habsburgo:
Quizás en ninguna otra esfera de la vida pública se produjo un cambio tan radical en el lapso de una sola generación como en el de las relaciones entre los dos sexos, y eso por una serie de factores: la emancipación de la mujer, el psicoanálisis freudiano, la educación física, la emancipación de los jóvenes. Si tratamos de formular la diferencia entre la moral burguesa del siglo XIX, que era esencialmente victoriana, y las ideas hoy vigentes, de más libertad y menos prejuicios, quizá la mejor forma de abordar la cuestión sería diciendo que aquella época rehuía medrosamente el problema de la sexualidad por un sentimiento de inseguridad interior. Épocas anteriores, de lo más religiosas todavía, sobre todo las rigurosamente puritanas, lo tenían más fácil. Imbuidas de la idea de que el apetito sexual era el aguijón del diablo y que el placer corporal era lujuria y pecado, las autoridades de la EdadMedia habían atacado el problema de frente y habían impuesto su estricta moral con severas prohibiciones y (sobre todo en la Ginebra calvinista) unos castigos atroces. Nuestro siglo, en cambio, época tolerante que, desde tiempos atrás, ya no creía en el demonio y apenas en Dios,no hizo suficiente acopio de valor como para lanzar un anatema tan radical, pero consideraba la sexualidad como un elemento anárquico y, por lo tanto, molesto, que no se ajustaba a su ética y no era un tema apto para sacarlo a la luz del día, porque cualquier forma de amor libre o extramatrimonial iba en contra de la «decencia» burguesa. Ante tamaño dilema, la época ideó un original compromiso. Limitó su moral a no prohibir a los jóvenes practicar su vita sexualis, pero exigió que despacharan ese desagradable asunto con discreción. Si no se podía eliminar la sexualidad, como mínimo debían procurar que no fuera visible dentro de su mundo moral. Y así, se acordó tácitamente no hablar de esas cosas tan enojosas ni en la escuela ni en casa ni en público, y suprimir todo lo que pudiera recordar su existencia.
El tono del libro se va oscureciendo a medida que se acerca a su final. A fin de cuentas, ya dije, este el testamento de su autor: Zweig se suicidó  en 1942, aterrado ante la posibilidad de que las ideologías de masas triunfaran definitivamente. Cuando leí el libro por primera vez hace diez años, pensé que Zweig estaría orgulloso del proyecto europeo, que habíamos conseguido retornar a esa sociedad sin fronteras. Hoy, en este ambiente de sálvese quién pueda generalizado, considero que es una lectura más que necesaria.

Punto de Honor

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En sus extraordinarias memorias, Huida y fin de Joseph Roth, Soma Morgenstern transcribe un diálogo sostenido por Stefan Zweig, Roth y el propio Morgenstern a proposito del caso Dreyfus:

Cuando [Zweig] mencionó los célebres nombres que se destacaraon a favor o en contra, y entre ellos, el caso de Marcel Proust, quien entabló un duelo por Dreyfus, cosa que ambos ignorábamos, Roth cayó en un arrobo mezcla de entusiasmo y hastío: “¡Marcel Proust, el medio judío, entabla un duelo por Dreyfus, en París! ¡Magnífico! ¡Carlitos Kraus, el judío checo, dispara contra él, en Viena, con chistecitos antisemitas! ¡Repulsivo!

La sola imagen de Marcel Proust empuñando un arma resulta extraña (casi tanto como la descripción que Zweig hará de Rilke de uniforme durante los primeros días de la Gran Guerra). Lo cierto es que la memoria de Zweig falló en esta ocasión, ya que, aunque Proust se significó a favor de Dreyfus, y se batió en duelo, las circunstancias fueron bastante distinta.

Proust se batió para desmentir una insinuaciones sobre la relación que mantenía con Alphonse de Daudet, escritas al final de una reseña bastante venenosa de Los placeres y los días. Lo llamativo es que el autor de las insinuaciones no era otro que el escritor decadentista Jean Lorrain, notorio homosexual, célebre por su lengia viperina, y cuya descripción, trazada por Claudio Iglesias en su Antología del Decadentismo (Caja Negra, Buenos Aires, 2007), no tiene desperdicio:

Su homosexualidad era declarada, casi militante; Lorrain era afecto al maquillaje, las joyas y los perfumes, tanto como a pintarse las nalgas, en todo lo cual desentona con quien sería su principal rival en el podio del homoerotismo finisecular, Marcel Proust, famoso por su prudencia, su secreteo y su invariable necesidad de ocultamiento (Lorrain llegó a batirse con su archienemigo pero, a pesar de su destreza con el sable, no logró matarlo).

En realidad, para la época del duelo, 1897, la condición física de Lorrain, agravada por su adicción al eter, le obligó a aceptar un duelo a pistola, que acabó con ambos contendientes disparando al suelo. Pocos años antes Lorrain estuvo a punto de batirse con su paisano y conocido de la infancia, Guy de Maupassant, pero renunció a sabiendas de que su puntería era peor que la de el autor de El Horla (si alguién tiene interés, aquí hay un relato bastante completo de la disputa).

Resulta llamativo comprobar como hace poco más de cien años, unos adultos en plena posesión de sus facultades mentales, y además con un gran dominio de la palabra, necesitaban resolver sus diferencias a tiros. Recordemos que hace cien años era habitual que los periódicos españoles tuvieran dos directores: el real y un testaferro destinado a asumir las posibles demandas legales, y, sobre todo, los duelos provocados por artículos publicados. Así comenzó la carrera del demagogo cleptócrata Alejandro Lerroux. Otros como Pedro Antonio de Alarcón, preferían acudir personalmente a la cita, y al parecer la experiencia fue suficiente para forzar su conversión al catolicismo. Blasco Ibáñez, por su parte, sobrevivió a un duelo al rebotar la bala en la hebilla del cinturón, aunque eso supuso el fin de su carrera política. El mayor aficionado a los duelos entre los escritores españoles fue Ramón María del Valle Inclán, que incluso llegó a perder un brazo no en un duelo, sino, en lo que es mucho mejor, en una disputa de café a proposito de un duelo (y añado, que la fatal herida fue un rasguño producido por un gemelo, que, mal curado, acabó por gangrenarse).

Aunque no es en Francia ni en España donde se da el mayor número de duelos entre escritores, sino en tierras más frías. Tiene Rusia el dudoso honor de ver como los padres de su literatura moderna acabaron cayendo de forma ridícula, de sendos disparos, y con pocos años de diferencia. Y lo que es más llamativo, ambos escribieron sobre el tema.

Bien conocido es el caso de Pushkin, poeta nacional ruso, conspirador aficionado (estuvo implicado en el complot de los Decembristas, aunque fue excluido a última horas por su reputación de bocazas). Su alter ego literario, Eugenio Oneguin, sobrevive a un duelo. La escena es recogida en la ópera homónima de Chaikovski:

Menos conocido es un cuento delicioso, El disparo, que relata la historia de un duelo aplazado en el tiempo por un peculiar incidente:

Amanecía… Yo estaba en el lugar acordado, acompañado por mis tres padrinos… Con una impaciencia inexplicable aguardaba a mi adversario. Despuntó el sol primaveral, y el calor empezó a hacerse sentir… Lo vi cuando aún estaba lejos… a pie, llevando el uniforme sostenido con el sable, y acompañado por un padrino. Se acercó. En la mano llevaba su gorra llena de cerezas. Los padrinos midieron los doce pasos. A mí me tocó disparar primero. Sin embargo, la agitación que me causaba la ira me hizo desconfiar de la firmeza de mi pulso, y le cedí el derecho del primer disparo, ansioso por ganar tiempo para serenarme. Mi contrincante rehusó el ofrecimiento. Se propuso echar suertes, y ganó él, eterno favorito de la Fortuna. Apuntó y con su bala atravesó mi gorra. Era mi turno… Su vida, por fin, estaba en mis manos. Lo miré con ansia devoradora, tratando de discernir en su rostro una señal de inquietud. Él permanecía inmóvil frente al cañón de mi pistola, tomando de la gorra las cerezas maduras, que comía escupiendo los carozos que casi me alcanzaban. Su indiferencia me enardeció.

”’¿Qué voy a lograr’ -pensé- ‘quitándole la vida, si no siente el más leve temor por ella?’

”Fue entonces cuando una idea diabólica cruzó por mi mente. Bajé la pistola.

”-Según parece -le dije- usted no está ahora para pensar en la muerte. Como se propone almorzar, no quiero molestarlo.

”-No me molesta usted en lo más mínimo -replicó-. Hágame el favor de disparar, o haga lo que le parezca. Le queda reservado el derecho a este disparo, y en cuanto a mí, estaré siempre a su disposición.

”Me volví hacia mis padrinos, les manifesté que por el momento no estaba dispuesto a tirar, y así acabó el duelo…

(Pequeña disgresión: el tema del duelo prolongado en el tiempo parece una peculiaridad eslava. Ahí tenemos Los duelistas de Conrad, cuyos protagonistas emplean décadas en batirse por un asunto menor. Sé de un librero y editor que menciona que la colaboración entre Conrad y Ford Madox Ford acabó literalmente a tiros, y sin desenlace trágico gracias a la pésima puntería de aquel, pero no he encontrado ninguna fuente que corrobore esta historia.)

Duelo entre Pechorin y Grushinski. Ilustración de Mijail Vrubel, 1891

Lo mismo sucede con Mijail Lermontov, fallecido cuatro años después de Pushkin. En su obra cumbre, Un héroe de nuestro tiempo, Pechorin (trasunto del propio Lermontov y pariente espiritual de Oneguin) se bate en duelo al borde de un barranco en el Caúcaso, para camuflar la causa de la muerte como un accidente. Resulta siniestro comprobar como eligió para su duelo fatal un escenario similar al de la novela. La simetría acaba ahí: el asunto no fue de faldas, sino una puya demasiado bien dirigida.

Afortunadamente fueron los únicos en caer. Tolstoi y Turgueniev se retaron a un duelo, pero fueron dejando pasar la ocasión hasta que finalmente hicieron las paces. Los apuros económicos del primero ayudaron bastante…

Si alguien tiene curiosidad por profundizar en el tema, el Museo Arqueológico le dedicó un dossier bastante jugoso.