Osuna: Ética y estética de un dandy

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_MG_0146Pegadas a la antigua carretera de Aragón, en lo que hasta 1949 era el pueblo de Canillas, se levantan todavía algunas de las viejas quintas de recreo de la aristocracia madrileñas. De entre ellas destaca por su tamaño y lujo la conocida como El Capricho. Fue construida a finales del siglo XVIII por encargo de la todopoderosa e ilustrada condsa-duquesa de Benavente. Cuando se trazó el jardín, el poder de la casa de Girón era inmenso. Un siglo después todo se había reducido a humo, víctima del delirante tren de vida del último vástago de la familia: Mariano Téllez de Girón y Beaufort-Spontin, duque de Osuna.

Hay que agradecer la reciente recuperación de Riesgo y ventura del duque de Osuna de Antonio Marichalar. En primer lugar por el placer que supone redescubrir a uno los críticos literarios más finos de la Edad de Plata (pueden leer aquí una selección de sus ensayos). Y en segundo lugar porque Osuna es, sobre el papel una figura fascinante.

Don Mariano era el segundón de la familia, destinado a la carrera militar, en la que obtuvo fama y gloria (y dos Laureadas). La repentina muerte del primogénito (al que Marichalar retrata con bastante sorna como un lánguido romántico) coloco la desmesurada fortuna de la familia en sus manos. Y como un niño al que se entrega un juguete, jugó con su fortuna hasta romperla por completo. La extravagancia de su tren de vida lo convirtió en el favorito de reyes y emperadores; su indecente derroche impulsó su carrera diplomática hasta San Petersburgo, donde solo el zar podía intentar rivalizar con él.

Un día, estando allí ya Osuna, se habla de un zorro azul, recién aparecido en una remota comarca siberiana. Era difícil darle alcance. Pocos, los de su especie llaman la atención por su finísima, como rara, pelambre. El Zar quiere lograr los ejemplares que haya, y envía una costosa expedición con los más avezados cazadores. Pasa el tiempo, y, tras no pocos esfuerzos, regresan con las pieles precisas para que el peletero de la casa imperial pueda confeccionar una pequeña talma. El Zar se la regala a la Zarina. Y entretanto se celebra en la corte la pelerina única, con que abriga sus hombros la linda Emperatriz enfebrecida, el Duque de Osuna ha enviado, a su costa, otra análoga expedición a Siberia, y tan pronto como regresa, manda que con las pieles conseguidas hagan a su cochero y su lacayo sendas pellizas.

Por desgracia, le falta a Osuna inteligencia o maldad para llegar a ser un personaje realmente interesante. Su único vicio es el gasto, la necesidad de quedar por encima exibiendo su cartera. No hay corrupción ni intriga; no es un esteta refinado que aporvecha sus millones para saciar sus perversiones artísticas, como el des Esseintes de A contrapelo. No hay delirantes orgías ni crímenes innombrables que puedan ser glosados por un escritor decadentista. Es un dandismo lánguido, blando, tontamente autodestructivo.

Cabe, por supuesto, otra interpretación, una a la que Marichalar no podía acercarse.

Porque el comportamiento de Osuna no está demasiado alejado de los jefes tribales de la costa pacífica canadiense, que entregaban presentes a las tribus vecinas en rituales conocidos como Potlatch. Bataille, en La noción de gasto, describe la ceremonia:

Los pueblos americanos menos avanzados practican el potlatch con ocasión de cambios en la situación de las personas -iniciaciones, matrimonios, funerales e incluso, bajo una forma menos desarrollada, nunca puede ser disociado de un fiesta, bien porque el potlatch ocasione la fiesta, bien porque tenga lugar con ocasión de ella. El potlatch excluye todo regateo y, en general, está constituido por un don considerable de riquezas que se ofrecen ostensiblemente con el objeto de humillar, de desafiar y de obligar a un rival. El carácter de intercambio del don resulta del hecho de que el donatario, para evitar la humillación y aceptar el desafío, debe cumplir con la obligación contraída por él al aceptarlo respondiendo más tarde con un don más importante; es decir, que debe devolver con usura.

Pero el don no es la única forma del potlatch. Es igualmente posible desafiar rivales por medio de destrucciones espectaculares de riqueza. A través de esta última forma es como el potlatch incorpora el sacrificio religioso, siendo las destrucciones teóricamente ofrecidas a los ancestros míticos de los donatarios. En una época relativamente reciente, podía acontecer que un jefe tlingit se presentara ante su rival para degollar en su presencia algunos de sus esclavos. Esta destrucción debía ser respondida, en un plazo determinado, con el degollamiento de un número de esclavos mayor. Los tchoukchi del extremo noroeste siberiano, que conocían instituciones análogas al potlatch, degollaban colleras de perros de un valor considerable para hostigar y humillar a otros grupo. En el noroeste americano, las destrucciones consisten incluso en incendios de aldeas y en el destrozo de pequeñas flotas de canoas. Lingotes de cobre blasonados, una especie de moneda a la que se atribuía un valor convenido tal que representaban una inmensa fortuna, eran destrozadas o arrojadas al mar. El delirio propio de la fiesta se asocia lo mismo a las hecatombes de patrimonio que a los dones acumulados con l_MG_0150a intención de maravillar y sobresalir.

Los situacionistas en los años 60 tomaron el potlatch como modelo de la sociedad futura, y como un ejemplo de situación construida, en la que no importaba el capital, sino la capacidad para generar acontecimientos inesperados. Las extravagancias de Osuna, constituyeron un happening situacionista avant la lettre, una estetización extrema de un modo de vida que estaba condenado a desaprecer. La vieja nobleza de sangre se extinguía aplastada por la aristocracia del capital. Muy bien, pensó Osuna, pero de nuestro cuerpo, de nuestras glorias, no quedarán ni los huesos. Y así, a la muerte del duque los acreedores se repartieron los despojos. Por los senderos de El Capricho pasearon banqueros, y después generales, y ahora simples ciudadanos que poco ignoran de esta historia.

La propietaria de la última de las quintas de recreo de Canillas falleció hace unos meses, tras décadas de confinamiento palaciego. La agonía fue más larga de lo que Osuna pensó.

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