Ornamento y Sepelio

Estándar

“Si lo desean, puedo enseñarles el museo que tenemos en uno de los depósitos”

El guardia juguetea con un colmado llavero, mientras aguarda la respuesta del guía y del grupo, que en una mañana de domingo otoñal se disponen a recorrer el cementerio de la Almudena.

La perspectiva de poder penetrar en los depósitos, uno de los sancta sanctorum del cementerio, excita la imaginación del grupo y fuerza la respuesta afirmativa. Varios días antes me habían ofrecido la posibilidad de visitar los depósitos del Antómico-Forense. Tan morbosa cita no llegó a concretarse, y no creo que hubiera tenido estómago para soportar la experiencia. Mientras seguíamos al guardía, no pude evitar acordarme de Villiers de l’Isle Adam y su magistral relato ¡Como para confundirse!:

“Así pues, con la mayor educación del mundo, con aire satisfecho y el sombrero en la mano meditando incluso un madrigal para la dueña de la casa , entré sonriente y me encontré, directamente, ante una especie de sala de techo acristalado, desde donde caía el día, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y las miradas carecían de pensamiento, los rostros eran del color del tiempo.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya acogedora cortesía había contado, no era otra que la Muerte.
Me fijé en mis anfitriones.
Ciertamente, para escapar de las preocupaciones de la fastidiosa existencia, la mayor parte de los que ocupaban la sala habían asesinado su cuerpo, esperando de este modo un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos. Se detuvo ante el establecimiento. Hice la reflexión que mis gentes de negocios esperaban. Me volví para aprovechar mi buena suerte.”

El día caía, lívido, sobre la sala, pero no desde el techo, sino desde un gran ventanal de traza modernista. En vez de mesas de marmol e individuos con rostros del color del tiempo, reposaban, en cuidado desorden varios monstruos de madera, acero y bronce dorado.

Decía Adolf Loos que sólo la arquitectura funeraria, liberada de condicionantes utilitarios, podía considerarse arte. Me pregunto si esos vehículos de carrocerías tan historiadas entran en la misma categoría. Si esos chasis (fabricados por Latil, Studebacker e incluso Lincoln) destinados en principio al transporte de mercancías, de ganado, incluso de tropas, habían escapado de un destino tan mundano, y como recompensa habían recibido los servicios de un artista-carrocero dispuesto a convertir la caja en una fantasía egipcia, los guardabarros y el capó en un jardín fantasmal. Como si el horro vacui de la decoración fuera un reflejo del horror a ese vacío que no logramos intuir más allá del último paso.


Entre todos los coches destacaba uno blanco destinado a “inocentes y doncellas”. Lo que de la muerte iguala a todos es un tópico que la sociedad se empeña en desmontar. Recorder ese blanco vehículo cuando, poco después, cruzamos la zona del cementerio destinada a los niños.

La propia ordenación del cementerio refleja la estratificación de la sociedad. No sólo se discrimina por edad, y se separa a los niños del resto (a fin de cuentas, la muerte de un niño es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla aparte), sino que la organización en terrazas permite que los poderosos no sólo recuerden su posición por encima de la plebe, sino que además les garantiza un lugar más próximo al Cielo. A veces literalmente.

Al salir coincidimos con un responso en la capilla. Mientras familiares y amigos se agolpaban en la capilla, el finado se veía obligado a permanecer en el coche (a fin de cuentas, la muerte es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla fuera). Este, por cierto, era un vehículo estrictamente funcional, liberado de los delirios rococós de los artesanos de hace un siglo. Dado que el protagonista de la ceremonia no podía estar si quiera de cuerpo presente , el sacerdote salió un momento a bendecirlo, con su hisopo. El agua bendita salpicó la ventanilla, y allí se quedó, bendiciendo más el vehículo que el cadaver (ignoro, por supuesto, si en estos actos simbólicos, con la intención basta, o si es estrictamente necesario que el líquido llegue hasta la caja; en todo caso, no hubiera podido atravesar el montón de coronas de flores que cubrían la caja).

Mientras tanto, el conductor y un empleado de la funeraria fumaban y miraban al cielo.

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