Archivos Mensuales: octubre 2012

Pálido Fuego y los artificios literarios

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Saqué de la biblioteca Pálido Fuego, de Nabokov, libro que había intentado leer 10 años atrás. No pude entonces, fui vencida, derribada, creo, a las cuatro páginas.

Sin embargo esta vez sí. Nota de tapa que me sedujo:

Ejemplo principal de su maestría es Pálido Fuego – poema en pareados decasílabos de 999 versos divididos en 4 cantos, seguido de un exhaustivo comentario- obra que refleja el gusto de Nabokov por el juego intelectual y los artificios literarios. Bajo la apariencia de un trabajo erudito, se esconde un melodrama a la antigua con tres personajes principales: un loco que trata de asesinar a un rey imaginario, otro loco que se imagina que es ese rey y un distinguido y viejo poeta que se encuentra por casualidad en la línea de fuego y perece en el choque de las dos ficciones.

Pálido Fuego, Vladimir Nabokov. Editorial Bruguera, 1977. Traducción de Aurora Bernárdez

Aprovecho para poner mi foto favorita del autor con sus mariposas (¿serán las mariposas pálido fuego también?)

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Vanitas vanitatis

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Entre los desvencijados sepulcros del Cementerio de Epidemias de la Almudena (la parte más antigua de la necrópolis, inuaugurada de urgencia durante el cólera de 1884). Preside un cruce de caminos, junto a la tumba de Manuel Quintana.

Como en muchas otras tumbas, el musgo va comiendo poco a poco los nombres de los difuntos, aunque la parte superior permanece inmaculada.

Estos restos de escritores ilustres fueron trasladados de los cementerios General del Norte y de San Martín el día 20 de junio de 1922. La Real Academia Española, cumpliendo un piadoso deber, mandó hacer este enterramiento

¿Quiénes son estos ilustres escritores, cuyos restos fueron rescatados por la Real Academia? Un primer vistazo a los nombres, medio borrados, no revela a nadie conocido. El esfuerzo por preservar sus restos fue banal, ya que la Posteridad los condenó hace tiempo al olvido. Como homenaje a los miles de escritores olvidados, ahogados en su propia mediocridad, quede constancia de sus identidades (por riguroso orden de aparición)

10 nombres en una lápida.

Antonio María de Segovia e Izquierdo († 14 de enero de 1874), periodista, académico de la Española y la de Bellas Artes de San Fernando, consul español enla República Dominicana.

10 tinteros vacios.

José del Castillo y Ayensa († 4 de junio de 1861), helenista, académico de la Española y embajador español en Roma. Tradujo a Anacreonte y Safo.

10 manuscritos inconclusos.

Juan González Caborreluz (sic) († 18 de enero  de 1868), decano de la Facultad de Teología de la Universidad Central de Madrid, académico de la Española.

10 obras completas nunca reeditadas.

Cayetano Alberto de la Barrera († 30 de octubre de 1872), farmaceútico, historiador de la literatura, oficial tercero en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional.

10 ediciones críticas que nadie se molestará en revisar.

José Francisco de Iturzaeta Eizaguirre († 19 de octubre de 1853), calígrafo.

10 notas a pie de página.

Francisco Cea († 2 de agosto de 1857), poeta. Sin niguna relación con Francisco Cea Bermudez.

10 tesis descartadas en departamentos de Filología Hispánica.

José Vicente y Caravantes († 26 de diciembre de 1880), jurista, académico de la Española.

10 autores que nunca figurarán en un manual escolar de literatura.

Antonio Flores Algovia († 16 de julio de 1865), escritor y periodista, jefe de sección de la Intendencia General de la Real Casa, caballero comendador de la Orden de Carlos III. Comparte cementerio con el otro Antonio Flores

10 vestimentas académicas apolilladas.

Antonio Ribot y Fontseré († 25 de octubre de 1871), político y poeta.

10 cuerpos convertidos en el polvo que desde hace tiempo cubre sus libros.

Juan de Dios Mora († 1884), político y escritor.

Y el resto es vanidad…

Ornamento y Sepelio

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“Si lo desean, puedo enseñarles el museo que tenemos en uno de los depósitos”

El guardia juguetea con un colmado llavero, mientras aguarda la respuesta del guía y del grupo, que en una mañana de domingo otoñal se disponen a recorrer el cementerio de la Almudena.

La perspectiva de poder penetrar en los depósitos, uno de los sancta sanctorum del cementerio, excita la imaginación del grupo y fuerza la respuesta afirmativa. Varios días antes me habían ofrecido la posibilidad de visitar los depósitos del Antómico-Forense. Tan morbosa cita no llegó a concretarse, y no creo que hubiera tenido estómago para soportar la experiencia. Mientras seguíamos al guardía, no pude evitar acordarme de Villiers de l’Isle Adam y su magistral relato ¡Como para confundirse!:

“Así pues, con la mayor educación del mundo, con aire satisfecho y el sombrero en la mano meditando incluso un madrigal para la dueña de la casa , entré sonriente y me encontré, directamente, ante una especie de sala de techo acristalado, desde donde caía el día, lívido.
En las columnas había ropa colgada, bufandas, sombreros.
Había mesas de mármol dispuestas por todas partes.
Diversos individuos, con las piernas estiradas, la cabeza erguida, los ojos fijos, con un aire positivista, parecían meditar.
Y las miradas carecían de pensamiento, los rostros eran del color del tiempo.
Había portafolios abiertos, papeles desplegados junto a cada uno de ellos.
Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya acogedora cortesía había contado, no era otra que la Muerte.
Me fijé en mis anfitriones.
Ciertamente, para escapar de las preocupaciones de la fastidiosa existencia, la mayor parte de los que ocupaban la sala habían asesinado su cuerpo, esperando de este modo un poco más de bienestar.
Al escuchar el ruido de los grifos de cobre sellados contra el muro y destinados al riego cotidiano de aquellos restos mortales, oí el rodar de un coche de caballos. Se detuvo ante el establecimiento. Hice la reflexión que mis gentes de negocios esperaban. Me volví para aprovechar mi buena suerte.”

El día caía, lívido, sobre la sala, pero no desde el techo, sino desde un gran ventanal de traza modernista. En vez de mesas de marmol e individuos con rostros del color del tiempo, reposaban, en cuidado desorden varios monstruos de madera, acero y bronce dorado.

Decía Adolf Loos que sólo la arquitectura funeraria, liberada de condicionantes utilitarios, podía considerarse arte. Me pregunto si esos vehículos de carrocerías tan historiadas entran en la misma categoría. Si esos chasis (fabricados por Latil, Studebacker e incluso Lincoln) destinados en principio al transporte de mercancías, de ganado, incluso de tropas, habían escapado de un destino tan mundano, y como recompensa habían recibido los servicios de un artista-carrocero dispuesto a convertir la caja en una fantasía egipcia, los guardabarros y el capó en un jardín fantasmal. Como si el horro vacui de la decoración fuera un reflejo del horror a ese vacío que no logramos intuir más allá del último paso.


Entre todos los coches destacaba uno blanco destinado a “inocentes y doncellas”. Lo que de la muerte iguala a todos es un tópico que la sociedad se empeña en desmontar. Recorder ese blanco vehículo cuando, poco después, cruzamos la zona del cementerio destinada a los niños.

La propia ordenación del cementerio refleja la estratificación de la sociedad. No sólo se discrimina por edad, y se separa a los niños del resto (a fin de cuentas, la muerte de un niño es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla aparte), sino que la organización en terrazas permite que los poderosos no sólo recuerden su posición por encima de la plebe, sino que además les garantiza un lugar más próximo al Cielo. A veces literalmente.

Al salir coincidimos con un responso en la capilla. Mientras familiares y amigos se agolpaban en la capilla, el finado se veía obligado a permanecer en el coche (a fin de cuentas, la muerte es una anomalía en el Orden Natural de las Cosas, y como tal es mejor dejarla fuera). Este, por cierto, era un vehículo estrictamente funcional, liberado de los delirios rococós de los artesanos de hace un siglo. Dado que el protagonista de la ceremonia no podía estar si quiera de cuerpo presente , el sacerdote salió un momento a bendecirlo, con su hisopo. El agua bendita salpicó la ventanilla, y allí se quedó, bendiciendo más el vehículo que el cadaver (ignoro, por supuesto, si en estos actos simbólicos, con la intención basta, o si es estrictamente necesario que el líquido llegue hasta la caja; en todo caso, no hubiera podido atravesar el montón de coronas de flores que cubrían la caja).

Mientras tanto, el conductor y un empleado de la funeraria fumaban y miraban al cielo.

Revenons sur ce mot de fascination

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Revenons sur ce mot de fascination…

Pascal Quignard — En reprenant les textes, je me suis aperçu que le mot phallus n’est jamais employé en latin. Les Romains appelaient fascinus ce que les Grecs nommaient phallos. Du sexe masculin dressé, c’est-à-dire du fascinus, dérive le mot de fascination, c’est-à-dire la pétrification qui s’empare des animaux et des hommes devant une angoisse insoutenable. Les fascia désignent le bandeau qui entourait les seins des femmes. Les fascies sont les faisceaux de soldats qui précédaient les Triomphes des imperator. De là découle également le mot fascisme, qui traduit cette esthétique de l’effroi et de la fascination.

Volvamos a esa palabra: fascinación…
Pascal Quignard –  Retomando los textos, me di cuenta de que la palabra phallus no se emplea nunca en latín. Los Romanos llamaban fascinus a lo que los Griegos llamaban phallos. Del sexo masculino en erección, es decir, del fascinus, deriva la palabra fascinación, es decir, la paralización de animales y hombres ante una angustia insuperable. Los fascia designan la cinta que tapaba los senos de las mujeres. Los fascies son los haces de los soldados que precedían a los Triunfos de los emperadores.
De ahí también deriva la palabra fascismo, que traduce esa estética del espanto y de la fascinación.

Fuente

Minientrada

Ocurrió en Villa Palagonia. Meses antes de aquello yo había capturado de Internet, no me acuerdo de dónde ni hay inscripción ni registro alguno que documente tal hallazgo, una imagen fascinante (mi abuso de esta palabra se merece que un día analice el término tal como lo hizo Pascal Quignard en El sexo y el espanto) en color (pero de cuando no había demasiada costumbre de la fotografía en color y todo es extrañamente irreal), en donde una señora, con flamantes zapatos rojos, posa de perfil sentada en un banco de piedra que podría estar  en el jardín de un palacio decadente. Inmediatamente imaginé que podría ser Roma.
Esa imagen quedó macerando en mi imaginario durante todo ese tiempo.

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Entonces un día, visitando Villa Palagonia, que Vian El Lobo me recordó que no olvidara, lo vi: reconocí ese banco. Todo era hipótesis, no puede ser, pensé al principio. Qué vértigo.

Este descubrimiento abrió una puerta en mi imaginación y empecé a ahondar en esa intuición que consiste en que todo lo que sucede en una vida, todos los eventos desordenados, se responden entre sí, que las causas se mezclan con las consecuencias y que todo está dispuesto para la confluencia de una serie de estímulos que fundan tu imaginario. Y que de alguna manera la realidad se manifiesta (perdónenme Mandelbrot y la comunidad científica) muchas veces como un fractal, un mundo que reproduce en sí mismo su imagen más pequeña, a varias escalas.
Estos días le he estado dando vueltas. Si es posible hacer algo semejante a lo que han hecho con el retrato de Emily Dickinson, entonces quisiera comparar la imagen que atrapé aleatoriamente hace tiempo con una imagen actual con el fin de llegar a alguna conclusión -o a ninguna-. La perspectiva no es del todo la misma pero se distingue bien el banco en esta toma.

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Empezando por lo más obvio: el banco de la primera imagen tiene tres patas. El segundo no. Pero las patas son frágiles, pudo haberse roto una en 40 ó 50 años.

Miremos el resto de detalles: a la derecha del banco, baja de la escalera una línea blanca. Coincide en ambas fotos el punto de intersección de la columna con la parte superior del banco.
Miremos también la base de la escalera: la alineación de los balaústres es idéntica en ambas imágenes y lo mismo puede decirse de las manchas negras en el mármol. Todas coinciden.
Observemos que en la primera foto se adivina un arco, escondido tras la escalera, en la segunda, se confirma ese arco que, por la perspectiva de la imagen se ve completo.
De todo lo anterior puedo deducir que la fotografía de la mujer de los zapatos rojos fue tomada en Villa Palagonia.
Resuena en

Viejas imágenes de Palagonia…

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Arqueología de un banco en Villa Palagonia

Arqueología de un retrato

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Hace muy poco, se publicó la noticia del descubrimiento de un nuevo retrato de Emily Dickinson. Se han hecho los estudios oportunos sobre fisonomía y aparentemente muchas cosas cuadran: podría ser Emily Dickinson, circa 1859. El artículo sobre este acontecimiento de The Guardian  es fascinante. Hace mención al informe de una especialista en la materia y cita literalmente fragmentos de dicho informe:

“Comparing the 1859 picture with the 1847 photograph known to be of Dickinson, Professor Susan Pepin of Dartmouth Hitchcock Medical Centre measured eyelid and facial features of both women. “The two women have the same eye opening size with the right eye opening being slightly larger than the left. The left lower lid in both women sits lower than the right lower lid,” she wrote in a report. “Other similar facial features are evident between the women in the daguerreotypes. The right earlobe is higher on both women. The inferonasal corneal light reflex suggests corneal curvature similarity, allowing us to speculate about similar astigmatism in the two women. Both women have a central hair cowlick. Finally, both women have a more prominent left nasolabial fold.”
Pepin concluded that “after a thorough examination of both of these women’s facial features as viewed from the 1847 and 1859 daguerreotypes, I believe strongly that these are the same people”.

Dado que sólo disponemos de otra foto comparable y que es de, al menos, 11 años antes, emitir un juicio concluyente es imposible.
Lo que me causa desasosiego es pensar que esa foto haya sido encontrada. ¿Dónde estaba antes? ¿En qué clase de lugar recóndito se escondía? ¿Cómo la encontraron? ¿Sabía alguien que existía y no lo dijo hasta entonces?
El hecho de que se encuentre algo mucho tiempo después siempre me provoca un cierto estupor. Los objetos, edificios, personas, escondidos como tesoros en medio de la vida que pasa. Incontrolable.

La foto de Dickinson recién encontrada…

Los otros retratos de Dickinson…