Archivos Mensuales: septiembre 2012

Soneto XLIII

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Aquí una traducción propia del soneto XLIII de Elizabeth Barrett-Browning de los Sonetos del Portugués

(Según cuenta Ester de Andréis en el Prólogo a la edición de los Sonetos -Trieste, 1985- Robert Browning llamaba a Elizabeth Barrett “mi pequeña portuguesa”, debido a su predilección por el poema de Barrett “Catalina a Camoens” )

 

Soneto XLIII – Cómo te amo, déjame contar las formas

¿Cómo te amo? Déjame contar las formas.
Te amo desde las profundidades,  las alturas y en toda la extensión
Que mi alma puede alcanzar, cuando nadie la observa,
Hasta los confines del ser y de la gracia ideal.
Te amo desde la más cotidiana
Y silenciosa necesidad, a la luz del sol y de la lumbre.
Te amo en libertad, como el ser humano pugna por la justicia
Te amo con pureza, como cuando se rehúsa el elogio.
Te amo con la misma pasión que antes ponía
A mis viejos pesares y a mi fe infantil
Te amo con un amor que ya daba por perdido
Junto con mis santos extraviados, ¡Te amo con el aliento
Las risas, el llanto, mi vida toda! Y si Dios lo quiere
Te amaré mejor todavía tras la muerte.

“Cae nievecita” (fundido a blanco)

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“Cuando estaba en Inglaterra, una vez se rieron de mí porque invité a alguien a contemplar cómo caía la nieve” Fragmento del diario de Natsume Soseki citado por Carlos Rubio en el Epílogo de Kokoro (RBA, 2011)

Esto me recuerda al “mirar hasta pulverizarse los ojos” de A. Pizarnik. Y que al final se hagan nieve, también (fundido a blanco, retomando el negativo del post elegíaco de Que Vian El Lobo)

Y sin embargo en Inglaterra se hacían magnas preguntas acerca de la nieve: ¿Cuándo se funde la nieve, dónde va el blanco? (Shakespeare, citado por Amélie Nothomb en Las Catilinarias)  (Where goes the white when melts the snow?) (y último paréntesis, la autoría tiene que ser cotejada)

 

Imagen

Dos poemas traducidos de Richard Brautigan

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Tomados de su página Web.

La casa

(en Poemas Sueltos)

Hay días en que nuestro gato

se convierte en las puertas y ventanas

de casa.

Para entrar en la habitación

debo abrir un gato de madera

que tiene un ratón de hierro

en sus zarpas.

Y para mirar por la ventana

al cielo, debo escrutar

el estómago de un gato haciendo la digestión.

– ¿Es eso un pájaro?

Vaya, eres tan hermosa que está empezando a llover

¡Oh Marcia!

Deseo que tu gran belleza rubia

se enseñe en las escuelas

para que los niños aprendan que Dios

vive como la música en la piel

y suena como un órgano de rayos de sol.

Me gustaría que las notas del instituto

se parecieran a esto:

Juegos con objetos de vidrio pulido: Notable

Magia de la computación: Notable

Escritura de cartas a los seres queridos: Notable

Conocimiento de los peces: Notable

Gran belleza rubia de Marcia: ¡Sobresaliente!

La música que más le gusta es la que nunca escuchó

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Hace un par de meses, se publicaba en los medios el resultado de una investigación de científicos del CSIC: la música pop cada vez se parece más y suena predecible. (El País lo llamaba, tramposamente, siempre suena la misma música, el eterno retorno del oído, la fatalidad acústica)

Más allá de que el estudio se ceñía a la música pop (à la pop, como la llaman en femenino en francés), me dio que pensar (J, que trabaja en el CSIC, nos lo había filtrado antes de que saliera en los medios).

Siempre ha sido mi obsesión pensar en la combinatoria de la música. ¿Se acabará algún día? Si un soneto permutable da para cien mil millones de poemas (son más pero no sé decirlo), probablemente no se dé el caso de momento. ¿A dónde va la música? ¿Crear es generar la propia -futura- autodestrucción?

Y también me obsesiona la música que escucharé en dos meses, tres años, toda mi vida de aquí en adelante. ¿Cómo será? Ese pensamiento me llena de energía y me da ganas de escuchar sin parar, para investigar quién seré, para responder a mi pregunta del pasado, la que me acompaña en el presente.

De pronto recuerdo algo que leí en el blog de Alma Laprida y que dice así: pero sabe que la música que más le gusta es la que nunca escuchó. Eso exactamente me pasa a mí.

La mano en el aliño

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He recuperado hace poco una traducción  que hice de un poema sobre el aliño. Me enteré de su existencia gracias a Soy un Gato, la novela de Soseki Natsume.

El poema es de Sydney Smith y en inglés es este.

Esta es mi versión.

Receta en verso sobre el aliño de la ensalada

Dos patatas hervidas pasadas por el pasapuré

Le dan a la ensalada tersura y suavidad.

De mostaza fuerte añade una sola cucharada,

Y desconfía de todo aliño que se haga notar.

Pero no consideres, hombre refinado, mala cosa

Añadirle el doble de sal.

Llena cuatro veces tu cuchara de aceite para rematar

Y dos de vinagre local de la ciudad;

El buen gusto así lo exige y tu poeta te pide

Espolvorearla de amarillo con la yema de dos huevos duros.

Escondamos átomos de cebolla en el plato

Y sin que apenas se note, animemos el todo.

Y finalmente en la sazonada mezcla,

Una cucharada mágica de salsa de anchoas.

¡Oh, gloriosa grandeza! ¡Oh, carne vegetal!

Hasta el desfalleciente anacoreta desearía comerla,

Y, alma extenuada, de vuelta al mundo terrenal,

Hundiría sus dedos en la ensaladera.

El territorio de los tubos

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El estupendo nuevo blog de Virginia Collera, habló hace poco del mapa de Internet (en un post muy evocador llamado Viaje al centro de Internet) . El eje de aquella entrada era un libro de Andrew Blum, Tubes: a journey to the center of Internet y se citaba un fragmento de su prólogo: “Internet es, prácticamente en todas partes, una serie de tubos. Hay tubos por debajo del océano que conectan Londres y Nueva York. Tubos que conectan Google y Facebook. Edificios llenos de tubos, y cientos de miles de carreteras y vías férreas ribeteadas con tubos. Todo lo que hacemos online viaja a través de un tubo”.

 

Esto me recordó inmediatamente un viejo diálogo con mi querido amigo J. Hace años, hablando con él de mi fascinación por la correspondencia, él me contó que de pequeño él estaba convencido de que los buzones, bajo su gran barriga, escondían una serie de tubos y que las cartas transitaban por ahí hasta llegar al destinatario adecuado. No había pérdida.

Yo pensé, cuando me lo dijo, que era una fantasía espléndida. Pero lo cierto es que mucho tiempo después, y hace un par de años, pude ver Baisers Volés de Truffaut. Allí, en una escena fascinante, se veía cómo se mandaba una misiva a través del correo neumático, que no era otra cosa que una trasunto de lo que J había imaginado de pequeño. Aquel hallazgo me fascinó y no sé si se lo comuniqué adecuadamente, probablemente no. La ciudad de París recorrida por kilómetros de tubos neumáticos!

La famosa escena es esta

Como al ritmo hipnótico de los tubos se pronuncia la palabra Pneu-ma-tique.

La entrada en Inglés de la Wikipedia cuenta más curiosidades acerca del invento. Aunque preterido y obsoleto, parece que en Praga el asunto no está del todo muerto y tiene sus calles y estaciones.