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Debe ser difícil convivir con un genio, soportar desde niño sus manías, extravagancias e ingresos discontinuos. Normal que las sagas artísticas no lleguen a la tercera generación, y en muchas ocasiones ni a la segunda. Aún así, hay hijos de escritores que han llevado vidas de lo más literario, aunque ello no implicara publicar libros. Abrimos aquí un rincón para glosar sus trayectorias.Image

Empezaremos con los descendientes de uno de los iconos del Romanticismo español, Mariano José de Larra. Larra tenía tres hijos cuando se decidió emular a Werther. El mayor, Luis Mariano, contaba siete años en el momento del suicidio, y alternó sus labores de funcionario del Ministerio de Fomento con la escritura de comedias, con gran éxito de público; la posteridad, crítica exigente donde las haya, parece no opinar lo mismo. Llegó a vivir hasta los setenta años, corroborando que el genio no es una cuestión de horas de esfuerzo, dado que sus días duplicaron los de su padre, sin que esa mayor edad redundara en una mejor calidad de su producción literaria. Hoy de su obra, que “llegó a acaparar el cartel de todos los teatros”, solo sube a las tablas con cierta regularidad El barberillo de Lavapiés, aunque lo hace más por la extraordinaria partitura de Francisco Asenjo Barbieri que por la calidad del libreto.

La mediana, Adela, tuvo el honor, al grito de Papá está debajo de la mesa, de descubrir el cuerpImageo de su progenitor (hemos de suponer que junto a la pistola humeante y el charco de sangre, aunque una niña de cinco años es posible que no repara en esos detalles), sin que eso causara mayores traumas. Creció, se convirtió, a decir de las crónicas, en una de las damas más bellas de la Corte, se casó, y según esas mismas crónicas, se separó (recordamos que lo del divorcio en 1870 no se estilaba). Estando un día en su palco de la Zarzuela, llamó la atención de Amadeo de Saboya, rey de España a tiempo parcial y latin lover a tiempo completo. Informado sobre la identidad del padre, el rey comentó: “No conozco a ese escritor, ni a ninguno de este país, pero me maravilla que un hombre con semejante oficio haya sido capaz de engendrar a semejante beldad.”

Pasaran pocos días antes de que Adela se convierta en amante estable del rey, con la que se veía semanalmente en el Hotel de la Castellana, vaciado de clientes y servicio para la ocasión. Honor compartido con bastantes mujeres, ya que el apetito sexual del italiano era, al parecer insaciable (circula la leyenda de que el cuplé La Violetera se basa en el encuentro de Amadeo con una florista, a la que acabó poseyendo sobre uno de los bancos de la Plaza de Oriente, y si te he visto no me acuerdo). Bien es cierto que en la relación entre ambos superó los estrictamente sexual, a juzgar por la larga correspondencia mantenida (y que alguno de los muchos detractores del rey hacía llegar con cierta regularidad a la reina Maria Victoria del Pozo y de la Cisterna). La historia concluyó cuando, durante las vacaciones veraniegas de la corte en Santander, Amadeo sedujo a la rubicunda esposa del corresponsal del Times. Cuando los rumores del affaire llegaron a Madrid, una indignada Adela se puso en contacto con un redactor de El Imparcial, dispuesta a hacerle llegar las cartas de amor del rey. Será uno de los amigos más íntimos del rey, Díaz Moreu, el que evite el chantaje, recuperando las misivas a punta de pistola y a cambio de una abultada cantidad de dinero. Una despechada Adela se dedicará entonces a acosar al rey, persiguiéndolo por todo Madrid, hasta que Amadeo, harto de encontrarse a su ex-amante en toda clase de saraos y actos oficiales, dé orden de que se la destierre “cuanto más lejos, mejor”.

Poco después las Cortes depondrán al rey intruso, y proclamarán la República. Esa caída será el origen de la fortuna y desgracia de la más pequeña, y la más interesante, de los hermanos Larra: Baldomera, verdadera pionera de la ingeniería española, al menos de la financiera. Casada con el médico del rey, el cambio del regimen deja a la familia en la calle, y el doctor acaba emigrando a América. Su esposa, menguados sus ingresos y con varios hijos a su cargo, acaba en manos de una prestamista, a la que ofrece el ciento por ciento de interés. Lo que empieza como una fanfarronada acabará por convertirse en el germen de una de las estafas más célebres de la historia de España.

Dicen que doña Baldomera fue la pionera de lo que se conoce como estafa piramidal. Si así fuera, desde aquí estaríamos invitando a nuestros lectores a salir a las calles vestidos de rojo, bufanda en mano, gritando Yo soy español, español, español, a celebrar esa magna aportación ibérica al mundo de las finanzas. Por desgracia, la prensa de la época señala que semejante timo ya se había puesto en práctica en Barcelona y Nápoles. He intentado averiguar algo más sobre el caso napolitano, pero los escándalos financieros en el sur de Italia durante el Risorgimento fueron bastante frecuentes, sin que haya encontrado ninguno que se parezca a un esquema de pirámide.

En todo caso el rumor se extiende por Madrid: hay una caja en Madrid que promete unos intereses del 300%, que abona puntualmente. En los cafés elegantes de la Puerta del Sol, la historia se acoge con un arqueo de cejas, un comentario condescendiente y un sorbo de la jícara de chocolate antes de que la tertulia pase a temas más provechosos. Pero en los barrios populares, la historia excita la imaginación de las masas. Pronto las colas en el teatro de la Plaza de la Paja, donde tiene su sede la Caja de Imposiciones, se convertirán en algo rutinario. Doña Baldomera se ganará el título de madre de los pobres, conviertiendo de repente los populosos y miserables barrios de Lavapiés, Pacífico e Injurias en una especie de país de Jauja. O como advierte la prensa de la época: “un populacho alegre y visiblemente bien nutrido invade los templos del goce y paga sus placeres y pasatiempos sin regatear y en moneda contante. No es posible dejar de ver en esto la mano y el influjo de doña Baldomera. Su inverosímil trescientos por ciento de interés ha removido las regiones de la miseria popular introduciendo en ellas algunos días de placer, a expensas, probablemente, de muchos días de trabajo. Los hábitos de gastar tendrán que cesar forzosamente el día de la catástrofe; pero los hábitos de la holganza quedarán, y este será el único beneficio líquido que sacará el pueblo de la especulación” (El siglo futuro, 23 de noviembre de 1876).

Sí, la historia de España, al igual que las morcillas, tiende a repetir(se).

Y pronto empiezan a llegar gentes de fuera de Madrid, dispuestas a reclamar su parte del paraíso que les ofrecen a un 300%. Llega a darse el caso de un pueblo completo, Esquivias, que invertirá todo su dinero en el chiringuito de doña Baldomera.

ImageY mientras se prepara la catástrofe, las autoridades, ¿qué hacen? Nada. Meses pasan antes de que el asunto aparezca en los periódicos. Para entonces ya circulan por organillos, pianos de café y tiendas de partituras varias piezas dedicadas al asunto. Podemos imaginar que al tarareándolas al primer funcionario que ineterviene en el asunto. Ante la alarma social (y las denuncias de varios vecinos de Esquivias ante el Gobierno Civil de Toledo), un grupo de inspectores visitan la Caja-teatro, observando escandalizados como en pocas horas se depositan cuatro millones de reales. Aún así, el asunto se demora entre consultas a la Sociedad Económica Matritense y visitas de doña Baldomera al Gobierno Civil. Con imperturbable cinismo, esta afirmará en una ocasión que las únicas garantías que podía ofrecer a sus impositores eran “el Viaducto”.

Con la burbuja desatada, sucede lo que buena parte de Madrid esperaba. La tarde del 4 de diciembre de 1876 doña Baldomera alquila un carruaje tirado por caballos blancos (el color de corceles es un detalle encantador por parte de la prensa) y se presenta en un palco del Teatro de la Zarzuela. Contempla durante dos actos a la buena sociedad de Madrid, tan distinta de sus queridas víctimas; y esa a su vez, observa con curiosidad morbosa por última vez a la protectora de los afligidos, la estafadora, la fugaz estrella de canciones de café y titulares de periódicos. Durante el segundo intermedio, abandona la función, dejando sin pagar a sus de impositores (y al reventa que la consiguió el palco).

Durante días la prensa no dejará de dar detalles acerca del lujo con el que estaba decorado su vivienda en la calle del Sordo (actualmente Zorrilla, justo detrás del Congreso). Los funcionarios judiciales, (que tuvieron que abrirse paso entre una multitud estupefacta) solo encontraron en la caja del teatro 178 reales. Se estimaron en decenas de millones el dinero estafado, y en 6000 la víctimas.

Mientras tanto, nuestra heroina ha conseguido burlar el cordón policial y cruzar la frontera por Irún, aparentemente en dirección a Bruselas (donde, cazador cazado, pierde una abultada cantidad de dinero en la quiebra de un banco local), y posteriormente a París, donde será detenida en julio de 1878. No podemos evitar transcribir la noticia del interrogatoria tal y como fue publicada en Le Figaro (y transcrita por El Imparcial):

«La española cuya detención hemos anunciado, ha hecho una confesión completa. Es realmente doña Baldomera Larra, a la cual se buscaba desde hace tres años. (No hace mas que dos.)

Hemos seguido de tan cerca este asunto, y los detalles que dimos son tan precisos, que hoy no tenemos que hacer más que referir la escena de la confesión.

Esta ocurrió ayer, a las diez de la mañana, en el gabinete del sustituto Potier. El magistrado había hecho venir de San Lázaro á la detenida, quien al principio sostuvo que no tenia nada que ver con la célebre madrileña. En tanto que hablaba, monsieur Potier comparaba su fisonomía con un retrato enviado por la embajada de España.

Es difícil, sin embargo, parecerse mas de lo que Vd. se parece á esta fotografía, que es la de doña Baldomera Larra.

¿Quizás en España,—replicó ella,—no tenemos todas el mismo tipo?

Sin perder su circunspección, Mr. Potier hizo introducir en su despacho, al mismo tiempo que los dos primeros secretarios de la Cancillería, á tres personas que habían tenido negocios con la banquera. Esta se turbó á la vista de tanta gente, y ofreció todavía mayor semejanza con la fotografía en cuestión. Sus tres víctimas la reconocieron al instante, y la recordaron con tantos pormenores la ocasión y circunstancias en que se habían conocido, que no pudíendo la detenida sostener por mas tiempo el engaño, exclamó:

Pues bien, si; soy doña Baldomera Larra. Ya estoy cansada de este género de vida. Prefiero que me juzguen.

Como la orden de extradición estaba á la firma desde hace algunos dias, se van á activar las formalidades de modo que doña Baldomera, permaneciendo por ahora en San Lázaro, pueda ser entregada al Gobierno español antes de que termine la semana.

Todos sus papeles y alhajas, custodiados actualmente bajo sellos, irán á España al mismo tiempo que ella. Por lo demás, doña Baldomera sostiene que no posee casi nada.Eso se verá luego.»

La llegada de doña Baldomera y el consiguiente juicio, celebrado meses después, se convertirán en un circo mediático (dentro de las posibilidades de una sociedad -2.0). Tras más de un año de proceso, se dictará una sentencia de seis años de prisión. Dicha sentencia será recurrida por el secretario de la Caja, Saturnino Iziegas, también procesado, y acabará en la absolución de ambos dado que los actos ejecutados (…) no constituyen delito (sic, sic, y cien veces sic).

Libre de la prisión, Baldomera pasará una temporada en América, aparentemente con su marido, antes de regresar a Madrid, donde Luis Mariano la obligará a pasar los últimos años de su vida bajo la identidad de la tía Antonia, intentando lavar así el honor de la familia.

Pero hay algo que me fascina del periplo americano de Baldomera/Antonia: ¿llegó a cruzarse en algún momento con Ponzi? Me gustaría pensar que sí, y que la receta para el dinero fácil fue pasando como un secreto entre iniciados.

Y sigue circulando.

Posdata: Si alguien está interesado en un enfoque más hagiográfico de la familia, pásmese con este artículo públicado en 1921 en la revista La Esfera (y medite luego un rato sobre el síndrome de Estocolmo).

De tal astilla, tal palo: los Larra

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